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El pastor que no corrió

Viernes, Septiembre 22 2017

Por el Obispo James Conley

En julio de 1981, dos hombres armados ingresaron a una iglesia en Santiago Atitlán, Guatemala, un pequeño pueblo frente al lago, en un valle entre dos volcanes. Era alrededor de la medianoche cuando ingresaron. Un adolescente llamado Francisco estaba solo en la Iglesia. Estaba oscuro, y él estaba en oración.

Los hombres apuntaron con sus armas a Francisco y le preguntaron dónde podían encontrar al "sacerdote de barba roja". Los condujo a la puerta de la rectoría y llamó. El padre Stanley Rother respondió. Él era el "sacerdote de barba roja". Era un misionero de Okarche, Oklahoma, que había vivido en Guatemala por más de 10 años.

En ese momento, Guatemala estaba en medio de una violenta guerra civil. Había un precio por la cabeza del padre Rother. Los hombres lo apuntaron con sus armas, y él les dijo "mátenme aquí". Le dispararon dos veces en la cabeza. Fue martirizado por su fe en Jesucristo.

El padre Rother no tuvo que haber estado en Santiago Atitlán esa noche. Cuando estalló la violencia en Guatemala, su obispo lo había llamado a su casa en Oklahoma. Se quedó en Oklahoma por un tiempo, pero rogó al obispo que se le permitiera regresar, hasta que el obispo finalmente accedió a su pedido. Le dijo a su obispo, y a su familia, que "el pastor no puede huir a la primera señal de peligro". Volvió a su pueblo, sabiendo que podría ser asesinado. Apenas unos meses después de su regreso, fue martirizado.

El 23 de septiembre, el padre Stanley Rother será beatificado en una misa en Oklahoma City. Estaré allí, junto con el obispo Bruskewitz y docenas de mis hermanos obispos, sacerdotes y peregrinos de la Diócesis de Lincoln, y miles de católicos de todo el país. Recordaremos la santidad del Padre Rother y agradeceremos al Señor por el don de su altruismo. Rezaremos para que tengamos el mismo coraje que él y el mismo amor por nuestra misión y por el Señor.

Durante mucho tiempo he sentido una afinidad especial por el padre Rother. Era de Oklahoma, que tiene una cultura agrícola muy parecida a Nebraska, y Kansas, donde crecí. Y dos décadas antes que yo, el Padre Rother asistió al Seminario de Mount St. Mary, en Emmitsburg, Maryland, el mismo lugar donde estudié para ser sacerdote, junto con muchos otros sacerdotes de Lincoln. ¡Ni el padre Rother ni yo fuimos conocidos por obtener excelentes calificaciones en el Monte! Los sacerdotes de nuestra diócesis han rezado y ofrecido misa en la iglesia donde fue martirizado, y los seminaristas de nuestra diócesis cantarán en su beatificación.

Siento una cierta cercanía con el Padre Rother, y estoy encantado de que sea beatificado por la Iglesia. Y, sin embargo, su vida me da una pausa para reflexionar sobre mi propio coraje, o la falta de el, para seguir al Señor. Tenemos antecedentes similares, y compartimos una cultura y una geografía comunes, y sin embargo, solo uno de nosotros fue llamado a ser martirizado en una calurosa noche de verano guatemalteca. El padre Rother estaba tan seguro de lo que el Señor quería de él. Él era inquebrantable en coraje. Se metió en peligro, incluso cuando otros le advirtieron que no lo hiciera. En el corazón de su coraje y confianza estaba su intimidad con el Señor en oración.

¿Cuántos de nosotros elegiríamos seguir al Señor hasta un martirio casi seguro? O, si escuchamos que un amigo cree que Dios lo esta llamando a servir en una misión peligrosa en un país violento, ¿cuántos de nosotros podríamos tratar de detenerlo? Sería natural hacerlo, y razonable. Y, sin embargo, el padre Rother sabía lo que el Señor lo llamaba a hacer, y procedió con fidelidad y sin temor. Su obispo, su familia y sus amigos también tuvieron coraje: el coraje de confiar en que el Espíritu Santo lo estaba guiando, incluso cuando siguió al Señor en la peligrosa violencia de Guatemala.

Ninguno de nosotros debería saborear el peligro por sí mismo. Ninguno de nosotros debería ser imprudente sin un propósito. Pero la vida cristiana se trata de seguir la voluntad del Señor, sin contar el costo. Y para hacer eso, necesitamos conocer y escuchar la voz del Señor, y debemos comprender los movimientos del Espíritu Santo. Mi vocación como obispo es ayudar a hombres y mujeres a escuchar la voz del Buen Pastor y conocer su llamado, y confiar en ellos en la inspiración del Espíritu Santo.

 

Confiar en Dios puede ser arriesgado e incluso peligroso a veces. Requiere coraje Ser valiente requiere que conozcamos al Señor. Conocerlo requiere que recemos. No todos somos llamados al martirio, como lo fue el padre Stanley Rother. Pero cada uno de nosotros está llamado a confiar en el Señor, a conocerlo, amarlo y servirle valientemente. Que el Padre Rother ore por nosotros, mientras nos dirigimos al Señor, buscando el coraje para hacer su voluntad.

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