Por el Obispo James Conley
Como muchos lectores de esta columna saben, soy un converso a la fe católica. Fui criado como presbiteriano con un sentido impreciso de la doctrina cristiana o de su significado en mi vida. Me convertí al catolicismo en la Universidad de Kansas a la edad de 20 años, durante mi tercer año. Fui estudiante en el Pearson Integrated Humanities Program (IHP), un programa de formación clásica en literatura, arte e historia de la cultura occidental.
El lema del programa era nascantur in admiratione: “Que nazcan maravillados.” Era un programa clásico de “libros importantes,” pero no era un programa de honores. Los profesores buscaron formar a estudiantes universitarios ordinarios, exponiéndolos a la riqueza de los grandes tesoros de la cultura occidental. A través de la música, la poesía, los valses y la observación de las estrellas, el PHI estimuló la imaginación de corazones jóvenes, llevándolos a preguntarse sobre la magnitud del universo y la profundidad de las grandes preguntas de la vida.
En medio de ese programa en KU, seleccioné una lectura del Beato John Henry Cardenal Newman como el tema de un artículo para una clase de literatura que estaba tomando sobre los principales autores británicos después de 1800. El texto era una selección de capítulos de “Idea de una Universidad” de Newman. El tema era el conocimiento -aprendizaje en sí mismo- y el punto de vista de Newman, en esos capítulos, era subrayar la unidad de la verdad y el poder transformador de la educación. En última instancia, el objetivo de esas selecciones era revelar el potencial del intelecto, la imaginación y el corazón para atraer a los hombres a una relación más profunda con Dios mismo.
Todavía recuerdo la impresión que su trabajo dejó en mí. Era un pensador claro y honesto. No huyó de las dificultades. Pero confiaba en que los hombres eran capaces de conocer y amar a Dios, y que se todos sus esfuerzos humanos se podían llevar a conocer, amar y servir a Dios. Newman escribió con certeza desde un punto de vista mundial cristiano, y me impresionaron tanto sus argumentos como su seguridad.
Ese escrito jugó un papel crítico en mi “despertar religioso,” y en mi eventual conversión al catolicismo. En el Beato John Henry Newman encontré un mentor, un aliado, y a veces un desafío a mi propia visión del mundo. En Newman, encontré un amante de la verdad, la belleza y la bondad; un hombre dispuesto a seguir sus propias conclusiones con decisiones muy difíciles; y un ferviente creyente en el Evangelio de Jesucristo.
John Henry Newman nació en 1801 y murió en 1890. Pasó los primeros 45 años de su vida en la Iglesia Anglicana y los últimos 45 años de su vida como católico romano. John Henry era el hijo de un banquero y el mayor de seis hijos. Nacido en un siglo de escepticismo, John Henry cuestionó la Biblia y dudó de la inmortalidad del alma.
El joven Newman anhelaba la verdad, pero esta pasión estaba manchada de orgullo. Su orgullo lo llevó a tener serias dudas e incluso al “rechazo deliberado de la voz de Dios.”
Pero a los 15 años sufrió una dramática conversión cristiana, en la que se sintió vencido por el amor transformador de Dios. El joven Newman se convirtió en un ferviente cristiano evangélico. Pero aún no había encontrado la plenitud de la fe y la verdad. Como él dijo: “Con el tiempo, lenta pero infaliblemente, tu gracia me hizo entrar en tu Iglesia...”
Newman se convirtió en un clérigo en la Iglesia Anglicana, eligiendo permanecer célibe, enfocándose en su lectura, estudio y escritura. Se convirtió en estudiante de la Universidad de Oxford y becario en Oriel a los 21 años.
Newman era un gran intelectual sobre los Padres de la Iglesia y los consideraba una fuente de avivamiento en la Iglesia Anglicana. Durante su estancia en Oxford, se encontró con aquellos que querían “catolicizar” el anglicanismo, lo que condujo al Movimiento de Oxford, que él mismo fundó.
El Movimiento de Oxford se propuso renovar la Iglesia Anglicana en sus principios doctrinales, incluyendo la naturaleza de la Iglesia, la autoridad episcopal, los sacramentos y la Sagrada Tradición.
Para 1841, Newman ya no estaba seguro de que el anglicanismo, con sus raíces protestantes del siglo XVI, fuera realmente “la Iglesia.” Había comenzado, de repente, a examinar la eclesiología anglicana, y descubrió que tenía fallas.
Después de todo, la Iglesia de Cristo no fue una invención humana. Sus enseñanzas no eran una cuestión de interpretación personal. Como Newman reflexionó en una meditación más adelante: “La Iglesia es tu obra, tu establecimiento, tu instrumento... Estamos bajo tu gobierno, tus leyes y tus ojos... Cuando la Iglesia habla, hablas.” Newman entró a la Iglesia porque la Iglesia era verdadera, y eso era suficiente para él.
En 1845, después de escribir su “Ensayo sobre el Desarrollo de la Doctrina Cristiana,” Newman dejó el anglicanismo y se hizo católico. Fue el 9 de octubre cuando pidió al Beato Dominic Barberi que escuchara su confesión y lo recibiera en el “único y verdadero redil del Redentor.”
La conversión católica de Newman fue el fruto de mucho pensamiento y oración. Pero también fue, como su joven conversión cristiana, un don inmerecido de la gracia de Dios.
Pidió a Dios que lo hiciera digno de este don: “Ahora, pues, dame esta gracia, Señor, para que utilice bien toda esta gracia y la convierta en mi salvación... Dame el amor a tus sacramentos y a tus ordenanzas... Sin ti no puedo hacer nada, y estás allí donde está tu Iglesia y tus sacramentos.”
Newman fue ordenado sacerdote católico el 30 de mayo de 1846 en la ciudad de Roma. Después de contemplar la posibilidad de convertirse en jesuita, se enamoró del Oratorio de San Felipe Neri y estableció esta congregación en Inglaterra. Durante las cuatro décadas siguientes, emprendió varias obras pastorales e intelectuales.
El Beato John Henry Newman fue beatificado el 19 de septiembre de 2010. Será canonizado como santo el 13 de octubre en la Basílica de San Pedro de Roma. En las próximas semanas previas a la canonización, escribiré una serie de columnas sobre la vida y los escritos de este hombre santo, brillante y valiente que ha tenido un profundo impacto en la Iglesia durante los dos últimos siglos.