Por el Obispo James Conley
Alrededor de un año y medio después de haber sido confirmado y recibido en la Iglesia Católica, Newman fue ordenado sacerdote en Roma el 30 de mayo de 1847. En la providencia de Dios, fui ordenado obispo el 30 de mayo de 2008, después de haber sido nombrado obispo auxiliar de Denver.
Newman había esperado perseguir el sacerdocio desde el momento de su conversión. Newman había hecho una promesa de celibato cuando era adolescente, sabiendo que el Señor lo había llamado a servirlo en el estado célibe.
Newman se unió al Oratorio de San Felipe Neri. Los oratorianos son sacerdotes seculares -no profesan los consejos evangélicos- pero están unidos en la vida común y en el propósito apostólico común.
Newman llegó al sacerdocio con la perspectiva de un extraño. No había crecido en presencia de sacerdotes, ni había estudiado formalmente en un seminario. Había estado ocupado en ministerio durante décadas como anglicano, pero su sentido del sacerdocio católico proviene de su propia experiencia anglicana y de su voraz estudio, especialmente de las Escrituras y de los Padres de la Iglesia.
El tiempo de Newman era parecido al nuestro — Inglaterra se había vuelto muy secular, la moralidad había pasado de moda, y la evangelización parecía estar en estado crítico. Era un sacerdote de su tiempo, pero en su sacerdocio hay lecciones para nuestro tiempo y, de hecho, para sacerdotes de todas las edades.
Como joven sacerdote anglicano, Newman escribió que “los que entran en las Órdenes Sagradas prometen lo que no saben, se comprometen sin saber con cuánta profundidad, se descartan de los caminos del mundo, no saben con cuánta intimidad, encuentran que deben cortarles la mano derecha, sacrificar el deseo de sus ojos y el movimiento de sus corazones al pie de la Cruz, mientras que pensaban que, en su simplicidad, estaban eligiendo la vida tranquila y fácil de los “hombres sencillos que moran en las tiendas.’”
Un sacerdote no ha sido elegido para una vida tranquila y fácil. La vida del sacerdote es una vida de sacrificio desinteresado. Newman lo sabía desde el principio. Su propio sacerdocio fue una especie de martirio silencioso. Él sabía que los sacerdotes deben dar sus vidas al pie de la Cruz.
Newman reflexionó sobre el hecho de que Cristo escogió voluntariamente a hombres pecadores para que actuaran in persona Christi en la mediación de su misericordia. Él escribió que Cristo pudo haber elegido de otra manera. Dijo que así como la Santísima Virgen fue concebida inmaculadamente, Cristo pudo haber hecho sacerdotes que fueron concebidos sin pecado, que mediaran la misericordia sin necesidad de ella.
Pero Cristo eligió otra cosa. Newman dijo que Cristo escogió a “hombres, no ángeles” para ser sus sacerdotes. Escribió que Cristo escogió a los sacerdotes “en medio de la enfermedad y de la tentación.” Cristo escogió a los sacerdotes, que “no tienen esperanza, sino por la gracia inmerecida de Dios, de perseverar hasta el fin.”
Cristo escogió a los pecadores como sacerdotes para dar testimonio de la redención del pecado. Cristo escogió que nuestra propia pecaminosidad nos hiciera hermanos de todos los hombres, y escogió que la evidencia de la gracia en las vidas de pecadores obvios pudiera convertir los corazones a Jesucristo.
Mucho antes de ser católico, Newman tenía un gran amor por la liturgia. Fue miembro fundador del Movimiento Anglicano de Oxford — una asociación de anglicanos que promovió una hermosa liturgia en la Iglesia Anglicana. De hecho, llegaron a ser conocidos como “altos” anglicanos debido a su énfasis en el culto litúrgico. Newman conoció, desde temprana edad, la profunda formación que viene de la liturgia rica en simbolismo, belleza y empapada en las Sagradas Escrituras.
Newman fue uno de los más grandes predicadores de la historia cristiana. Y predicó bellamente, mucho antes de convertirse a la fe. Sin embargo, Newman no era conocido como un predicador dramático como, por ejemplo, el Arzobispo Fulton J. Sheen. Sin embargo, cuando predicaba los domingos por la noche en las Vísperas Solemnes, los diversos colegios se veían obligados a retrasar la hora de la cena porque todos los estudiantes universitarios estaban atiborrados en la iglesia Santa María Virgen para escuchar la predicación del Dr. Newman.
La observación común entre los estudiantes era que cuando el Dr. Newman predicaba, “era como si me estuviera hablando a mí personalmente. Habló directamente a mi corazón.”
Aun siendo anglicano, Newman entendía la importancia de confesar los pecados ritualmente y pedir perdón. Abogó por un mayor uso de la confesión en las iglesias anglicanas.
Pero en la conversión de Newman, y especialmente después de su ordenación, su amor por la sagrada liturgia se transformó. Le escribió a un amigo que miraba con entusiasmo la celebración de la liturgia anglicana. Pero también dijo que nada en esos rituales se compara con la experiencia de hacer presente a la Eucaristía — la presencia real de Jesucristo — en el Santo Sacrificio de la Misa.
Escribió a un amigo que, “nada es tan consolador, tan penetrante, tan emocionante, tan abrumador como la Misa. Podría asistir a misas para siempre, y no estar cansado. No es una mera forma de palabras — es una gran acción, la mayor acción que puede haber en la tierra. Él se hace presente en el altar en carne y sangre, ante el cual hacen venia los ángeles y tiemblan los demonios.”
La presencia de Cristo en el altar lo cautivó y lo abrumó. Sus colegas recordaron que él elevaba la sagrada Hostia, y permanecía en oración mucho más tiempo de lo que cualquiera pudiera haber esperado.
Y, una vez ordenado, pasaba horas, cada día, en el confesionario. Una cosa era, observó, escuchar los pecados como un clérigo anglicano. Otra era absolverlos, con el poder de la Iglesia de Cristo. Llamó a la confesión la “tranquilidad penetrante y subyugadora” de su vida sacerdotal.
La vida sacramental alimentaba a Newman porque rezaba diariamente por la gracia de celebrar los sacramentos con alegría y con un nuevo entusiasmo. Luchó contra la tentación de dar por sentados los sagrados misterios. Pidió a la Santísima Virgen que le diera la vista de Dios, que vio en la penitencia y en la Eucaristía el regocijo del cielo por la salvación de los pecadores.
Newman conocía el poder de la vida sacramental. Y cultivó un sentido de profunda reverencia por el misterio, al que llamó la “vida de nuestra religión.”
El sacerdocio de Newman fue profundo porque fue auténtico — experimentó la vida y el ministerio sacerdotal sin preconceptos, ni falsedades, ni pretensiones. Comprendió su pecaminosidad y buscó la santidad con vigor. Y se apoyó en la gracia de celebrar la vida sacramental con plena conciencia de la profunda realidad del misterio.