Por el Obispo James Conley
Cuando Newman fue nombrado cardenal, tomó prestado el lema de San Francisco de Sales, el santo obispo de Ginebra. Cuando me hicieron obispo en 2008, ¡también lo tomé prestado!
El lema es cor ad cor loquitur—corazón habla a corazón. Newman quería, sobre todo, ser un evangelista del corazón.
Newman era brillante: estaba entrenado en lógica y retórica, y usaba esas herramientas para analizar temas complejos con precisión. Pero Newman estaba convencido de que los argumentos lógicos podían aclarar e instruir, pero no podían, por sí solos, convertir y ganar almas para Cristo.
“El corazón es comúnmente alcanzado -escribió-, no por la razón, sino por la imaginación, por medio de impresiones directas, por el testimonio de hechos y acontecimientos, por la historia, por la descripción. Las personas nos influyen, las voces nos derriten, las miradas nos subyugan, las acciones nos inflaman. Muchos hombres vivirán y morirán por un dogma: nadie será un mártir por una conclusión.”
En cambio, Newman creyó que las almas son ganadas a Cristo por el corazón a través de la “influencia personal” — que el amor por Jesucristo precede al conocimiento, y que el amor, y sólo el amor, hace que el conocimiento tenga sentido. Los corazones anhelan a Cristo, sabía Newman, porque fueron hechos para Cristo. Revelar a Cristo al corazón, y a sus anhelos, llevaría a las almas a comunión con Dios.
Newman escribió que “el hombre no es suficiente para su propia felicidad; no es feliz a menos de que la Presencia de Dios esté con él. Cuando fue creado, Dios inspiró esa vida sobrenatural en él del Espíritu que es su verdadera felicidad; y cuando cayó, perdió el don divino, y con él también su felicidad. Desde que es infeliz; desde ahí tiene un vacío en su interior que necesita ser llenado, y no sabe cómo llenarlo.”
Cristo, y sólo Cristo, podía llenar el vacío, el anhelo, la infelicidad que Newman encontró en tantos de sus contemporáneos. Escribió que “hay una voz dentro de nosotros, que nos asegura que hay algo más alto que la tierra. No podemos analizar, definir, contemplar qué es lo que así nos susurra... Y este anhelo de nuestra naturaleza se cumple y se sostiene, encuentra un objeto sobre el que descansar, cuando oye la existencia de un Creador Todopoderoso, Omnipotente y lleno de gracia.”
Su solución fue predicar a Cristo. Se esforzó mucho para eliminar las percepciones erróneas y los estereotipos de Cristo; sabía que mucha gente sentía que sabía quién era Jesús, sin encontrarse nunca con él como Siervo Sufriente, el hombre que era el Hijo encarnado del Padre.
Su divinidad y su humanidad, sabía Newman, eran atractivas: predicaba la autoridad de Cristo, que podía ordenar el desorden de las vidas rotas. Predicó el poder de Cristo, que podía sanar y transformar lo que estaba roto. Y predicó la misericordia de Cristo, que llamó a los pecadores. En algún lugar, Newman sabía, los pecadores conocen el vacío de la pecaminosidad. Anhelan la misericordia, y anhelan un Salvador que los jale del vacío a la plenitud, incluso a lo largo de un camino estrecho y difícil.
Newman también sabía que los sacramentos podían tocar los corazones, porque eran encuentros concretos y objetivos con Cristo. Newman explicó la vida sacramental de una manera personal — como encuentros con Jesucristo, la persona, Él mismo. Habló de ellos como participación en la vida en Cristo y el Espíritu Santo, y enfatizó la naturaleza personal transformadora de la vida sacramental. Y celebraba los sacramentos con profunda reverencia, y alentaba su hermosa celebración, sabiendo que los encuentros sensibles y misteriosos dispondrían a los fieles a apreciar la realidad objetiva de la vida sacramental.
El biógrafo definitivo de Newman, el Padre Ian Ker, lo expresó así: el secreto de la propagación cristiana “se resume en las palabras de Newman: la mirada aguda, vívida y restrictiva del rostro de Cristo.” No se trata de una abstracción filosófica o teológica, sino de la “mirada penetrante y sumisa del Hijo del Hombre,” que satisface el anhelo humano, por lo demás insaciable, de un ‘objeto de vida.’ La nueva evangelización, insistiría Newman, no debe predicar el cristianismo sino la persona de Jesucristo.”
Newman fue un gran defensor del papel de los laicos en la vida de la Iglesia. Sus estudios de historia le habían demostrado que un laicado bien catequizado y fiel haría más por formar la cultura católica que cualquier iniciativa clerical.
Newman abogó por un laicado educado, un laicado bien formado y consciente, que pudiera contribuir al bienestar de la Iglesia y a la formación de la cultura católica.
“Fue principalmente por el pueblo fiel,” escribió Newman, “que el paganismo fue derrocado; fue por el pueblo fiel, bajo la dirección de Atanasio y los obispos egipcios, y en algunos lugares con el apoyo de sus obispos y sacerdotes, que la peor de las herejías fue resistida.”
“En todos los tiempos,” dijo Newman, “los laicos han sido la medida del espíritu católico.”
En nuestro tiempo, el secularismo al que nos enfrentamos será superado si los laicos — padres, estudiantes, políticos, médicos — son capaces de informar sus propias esferas con el espíritu del Evangelio. Y no se debe subestimar la aptitud y la obligación laical de la evangelización.
Newman no tenía ningún deseo de interferir en el papel del liderazgo pastoral. Pero Newman entendió lo que nosotros también debemos entender: el Espíritu Santo se mueve, habla, e incita cada corazón. Debemos ayudar a los católicos a discernir el Espíritu Santo, y ofrecer orientación, e incluso corrección, cuando sea necesario.
En 2013 en la Ciudad de México, el Arzobispo Charles Chaput comentó que “necesitamos comprender que la `nueva’ evangelización es finalmente muy parecida a la `antigua’ evangelización. Necesitamos entender las esperanzas y los temores del mundo de hoy, y especialmente de los jóvenes adultos. Y necesitamos dominar las nuevas tecnologías y métodos para llegar a las personas donde están hoy en día. Pero los programas y las técnicas no convierten el corazón humano. Sólo el testimonio de otras personas puede hacer eso.”
La nueva evangelización es, de hecho, muy parecida a la antigua evangelización —evangelización que lleva a las personas a encontrar a Cristo, a ser celosos del Evangelio, a buscar el heroísmo de la vida cristiana ordinaria.
La Iglesia de hoy se enfrenta a graves desafíos. Newman se enfrentó a ellos, y nosotros también debemos hacerlo. La evangelización traerá al mundo de regreso a Cristo. La evangelización debe ser en colaboración con un laicado fiel y bien formado. Debemos ser evangelistas formando discípulos de Jesucristo a través de la ‘influencia personal.’ Y debemos ser evangelistas cor ad cor cor— hablando desde nuestros corazones a todos los corazones, revelando la misericordia, el amor y el poder del Sagrado Corazón de Jesucristo.