Por el Obispo James Conley

Abril 2, 2021

"¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?" (1 Cor 15,55)

Al reflexionar, recordamos que en la Pascua pasada el mundo entero estaba en un lugar muy diferente. De hecho, el mundo estaba en un lugar inimaginable. La mayor parte del mundo estaba en cuarentena y las personas estaban completamente aisladas unas de otras.

Los efectos de la pandemia del COVID-19 se extendieron a nuestras costumbres litúrgicas. Por razones de protección, las confesiones se ofrecían a través de ventanillas y en grandes salas.

Para detener la propagación del virus y evitar el desbordamiento de los hospitales, los obispos de todo el mundo tomaron la difícil decisión de cerrar las misas al público en general durante un breve período de tiempo. Se trata de una decisión que se ha tomado con poca frecuencia a lo largo de la historia de la Iglesia, pero que tiene precedentes durante pandemias anteriores.

Las liturgias del Triduo Pascual, que abarcan desde el Jueves Santo hasta la Vigilia Pascual, se celebraron con poca o ninguna congregación. El año pasado pasé la Semana Santa con mi buen amigo, el obispo James Wall, obispo de Gallup, N.M. Estábamos los dos solos, el rector de la catedral y un joven sacerdote recién ordenado. Fue muy extraño; nunca lo olvidaré. Había algo profundamente triste en el hecho de que los fieles católicos no pudieran reunirse en los días más santos e importantes del año litúrgico.

El virus sigue siendo algo misterioso. A lo largo del año pasado hemos aprendido que afecta a diferentes personas de diferentes maneras. Aunque el virus tiende a afectar más a los que ya tenían problemas de salud, no siempre ha sido así. Algunas personas que por lo demás eran muy sanas contrajeron el virus, tuvieron complicaciones graves y murieron. Otras personas con problemas de salud previos contrajeron la enfermedad pero se enfrentaron con pocos trastornos de salud.

A lo largo del año pasado, hubo un temor genuino y legítimo de lo que sucedería al contraer el virus. Si contraigo el virus, ¿qué me pasará? ¿Moriré? Así, una consecuencia preocupante de la pandemia es que nos hemos visto obligados a pensar en la muerte y en nuestra propia mortalidad.

Probablemente nunca habríamos elegido reflexionar sobre la mortalidad en este último año, pero ha estado muy presente en nuestras mentes. Más de medio millón de nuestros compatriotas estadounidenses y casi 3 millones de personas en todo el mundo han muerto a causa del COVID-19 y sus complicaciones.

La muerte no es algo en lo que queramos pensar. Tenemos dentro de nosotros el deseo de experimentar cosas buenas y hermosas en esta vida. Queremos vivir para siempre. También sabemos, al menos en el fondo de nuestra mente, que nuestro tiempo en la tierra es limitado, y la pandemia quizás nos lo ha recordado. Y, sin embargo, creemos de todo corazón en esas palabras de San Pablo, en las que parece burlarse de la muerte: "¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?" (1 Cor 15,55)

No cabe duda de que la muerte tiene un aguijón temporal. Todos lo experimentamos. Yo experimenté este aguijón personalmente el pasado diciembre con la muerte de mi madre Betty, de 92 años. No pasa un día sin que me acuerde de ella, y la echo mucho de menos.

Cuando lloramos la pérdida de un ser querido, sin duda nos sentimos afligidos. Es quizá lo más doloroso que experimentamos en este mundo. Reconocemos que no volveremos a ver a nuestro ser querido aquí en la tierra. Puede seamos inundados de recuerdos de la persona, pero aún así nos queda la tristeza.

Mi familia y yo nos hemos sentido reconfortados durante los últimos meses con el abundante amor y apoyo que hemos recibido desde la pérdida de mi madre. He recibido muchas tarjetas, mensajes de texto, correos electrónicos y condolencias en persona, expresando oraciones y apoyo, por lo que estoy eternamente agradecido.

Pero incluso estos hermosos gestos de condolencia no quitan el aguijón final de la muerte; no reclaman la victoria sobre la muerte. Jesucristo es victorioso sobre la muerte y le quita el aguijón mediante su sufrimiento, muerte y resurrección.

Jesús vino a este mundo para vencer a la muerte. Y de eso se tratan la Semana Santa y la Pascua. Jesús, el Hijo de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad, fue enviado a nuestro mundo por el Padre para morir. Pero no sólo para morir. Vino a vencer la muerte al resucitar al tercer día. Vino para que todos los que creen en él puedan también resucitar.

Como católicos, creemos que cada domingo es una celebración de la resurrección. Esa es la razón por la que el domingo se reserva como día de celebración y descanso en el Señor. Pero, la Pascua y todo el tiempo de Pascua es un tiempo especial para celebrar y reavivar nuestra fe en la resurrección.

En su homilía de la Vigilia Pascual del año pasado, el Papa Francisco dijo: "En la Pascua adquirimos un derecho fundamental que nunca nos podrán quitar: el derecho a la esperanza. Es una esperanza nueva y viva que viene de Dios. No es mero optimismo, no es una palmadita en la espalda... ¡No! Es un don del cielo, que no podríamos haber ganado por nosotros mismos... No pongamos una piedra delante de la esperanza".

Estas son palabras oportunas de nuestro Santo Padre, especialmente cuando todavía estamos en medio de la pandemia. Inevitablemente hay muchas "piedras" puestas en nuestras vidas: dificultades, desafíos y obstáculos que se presentan ante nosotros. El Papa Francisco nos ofrece las palabras liberadoras de que tenemos derecho a no dejar que estas cosas nos abrumen. Tenemos derecho a alegrarnos por la resurrección de Cristo. Tenemos derecho a anhelar la vida eterna que nuestro Señor nos ha prometido.

¡Aleluya! ¡Jesucristo ha resucitado! Esta es la buena noticia que se escucha en todo el mundo y se instala en el corazón de cada cristiano. Que el amor inquebrantable de Cristo llene sus corazones y sus hogares en este tiempo de Pascua. Su amor y la esperanza que nos da su Resurrección son la causa de nuestra alegría.