Por el Obispo James Conley

Septiembre 3, 2021

Esta semana se celebra la fiesta de San Gregorio Magno, un nombre que probablemente sea familiar para muchos en la Diócesis de Lincoln porque nuestro propio seminario universitario en Seward está bajo su patronazgo.

San Gregorio es un patrono apropiado para un joven que estudia para ser sacerdote. San Gregorio Magno describió su ministerio como Papa como servus servorum Dei, "el servidor de los servidores de Dios." Este título se utiliza desde entonces en los documentos papales. Es una hermosa expresión de que incluso el Papa somete toda su autoridad al servicio de la misión de Cristo. Los seminaristas disciernen la llamada a entregarse completamente como sacerdotes al servicio de Cristo y de su Iglesia. Se preparan espiritual, intelectual, pastoral y humanamente para ser servidores de Dios como sacerdotes.

Espero que muchos sepan del Seminario San Gregorio Magno. Somos muy afortunados de tener nuestro propio seminario universitario aquí en la diócesis de Lincoln. Es fácil no apreciar que nuestros seminaristas puedan tener los primeros años de formación sacerdotal aquí mismo, con nuestro propio personal.

Aunque muchos puedan estar familiarizados con el Seminario de San Gregorio Magno, les invito a mirar a la vida de San Gregorio Magno, una figura grandiosa en la historia de la Iglesia, que fue un Padre Latino y Doctor de la Iglesia.

Este otoño Ignatius Press publicará una nueva biografía de San Gregorio Magno titulada "En el Ojo de la Tormenta," por Sigrid Grabner. La editorial me ha dado un anticipo del libro y me ha pedido que escriba una breve reseña. Aunque nos separan casi 1,500 años, me sorprendió la similitud de los tiempos de San Gregorio con los nuestros.

Gregorio nació en el año 540 d.C. en el seno de una familia rica y prominente de Roma. Su padre era senador y también ejercía como prefecto de la ciudad de Roma, lo que es comparable a un alcalde. La riqueza y la posición de su familia le permitieron recibir una educación de calidad. Estudió gramática, retórica, ciencias, literatura y derecho, entre otras materias. Su excelencia en estas áreas de estudio se ve reflejada en su rápido ascenso como funcionario del gobierno. A los 33 años, al igual que su padre, se convirtió en prefecto de la ciudad de Roma.

Pero no todo fueron rosas para Gregorio, a pesar de su vida privilegiada. Vivió en una época de gran agitación y convulsión social. Nació durante la "Plaga de Justiniano", una enfermedad que lleva el nombre del emperador Justiniano, el emperador del Imperio Bizantino, que contrajo la enfermedad. La peste azotó al imperio, causando hambruna, pánico y caos. Grandes poblaciones del imperio fueron aniquiladas por esta plaga dejando daños físicos, emocionales y espirituales. Además, Gregorio vivió las consecuencias de la invasión gótica al Imperio Romano de Occidente y durante las posteriores batallas entre los visigodos y los vándalos y el Imperio Romano de Oriente.

Tras la muerte de su padre, Gregorio convirtió una villa familiar en un monasterio y vivió la vida monástica. Gregorio amaba la vida monástica. De hecho, era su preferencia, pero sus dones espirituales y administrativos eran necesarios para el bien de la Iglesia Universal. En aquella época, los papas eran elegidos por el clero y el pueblo de Roma, y tras la muerte del anterior papa, Gregorio fue elegido unánimemente, pero rogó al emperador que no confirmara la elección.

A pesar de sus esfuerzos por seguir siendo monje, se convirtió en Papa en el año 590, e inmediatamente expresó en cartas que no tenía ninguna ambición de buscar tan alto cargo, y que prefería vivir la vida monástica.

Aunque Gregorio haya preferido la vida monástica, la Iglesia católica se ha enriquecido y bendecido para siempre con su papado. Como Gregorio vivió después de la caída del Imperio Romano, que se pensaba que era impenetrable e invencible, había necesidad de una gran revitalización en la vida de la Iglesia. Él proporcionó esa nueva vida de diversas maneras.

Aunque era un monje, San Gregorio Magno tenía un corazón misionero. Gran parte de Europa se había convertido al cristianismo, pero él quería que todos los pueblos conocieran a Jesús. Envió a Agustín (San Agustín de Canterbury), que era prior de su anterior monasterio, a predicar a los anglosajones paganos de Inglaterra. Se dice que Gregorio dijo de los ingleses: "Son anglos, pero ángeles si fueran cristianos." Las misiones a los ingleses tuvieron éxito y ello impulsó otras misiones a Alemania y a los Países Bajos.

Gregorio utilizó sus habilidades administrativas para crear un sistema de limosnas en la Iglesia. Jesús predicó contra el abandono de la viuda, el huérfano y los oprimidos. Gregorio tenía un gran deseo de aliviar a los pobres en su desamparo y exhortó a los obispos y sacerdotes a seguir cuidando de ellos.

Gregorio puso en práctica sus talentos educativos a través de sus numerosos escritos. Escribió extensamente sobre la Sagrada Escritura; su Comentario a Job es quizá el más famoso. Conociendo la necesidad de historias inspiradoras de los santos, escribió Diálogos, una colección de libros que describen milagros y curaciones de hombres santos. Escribió un tratado titulado Cuidado Pastoral, en el que describió los deberes del clero y describió el rol del obispo.

San Gregorio Magno vivió en una época de gran incertidumbre y cambio. Se le llama “Magno" porque ejerció un liderazgo valiente en esos tiempos difíciles. Como Papa con corazón de monje, sabía que la oración, la disciplina y el silencio eran necesarios para alejarse del ruido, la agitación y la conmoción del mundo, pero al mismo tiempo sabía que hay que vivir en medio del mundo.

En nuestra cultura contemporánea, quizá podamos encontrar una conexión con la vida de San Gregorio Magno. También nosotros vivimos en tiempos que parecen cambiar muy rápidamente. Y esto presenta serios desafíos para la Iglesia. San Juan Pablo II lo reconoció hace más de 20 años. Escribió en su encíclica Novo Millenio Ineunte: "Incluso en los países evangelizados hace muchos siglos, la realidad de una 'sociedad cristiana' que, en medio de todas las fragilidades que siempre han marcado la vida humana, se medía explícitamente con los valores del Evangelio, ha desaparecido."

Sin embargo, nuestras realidades culturales actuales no deben infundirnos miedo. Al contrario, como discípulos de Jesucristo somos personas de esperanza. El Espíritu Santo actúa en todas las épocas. En las palabras de San Pablo, "Jesús es el mismo hoy, ayer y siempre." Recemos por la intercesión de San Gregorio Magno para que podamos permanecer fieles en medio de las incertidumbres del mundo.