El 12 de diciembre es la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe. La historia nos cuenta que la Santísima Virgen María se le apareció a San Juan Diego en un lugar llamado Cerro del Tepeyac en México, que más tarde se convirtió en Villa de Guadalupe, un suburbio moderno de la ciudad metropolitana de Ciudad de México, con una población de algo más de 22 millones de almas.

En 1531, cuando la Virgen se le apareció a Juan Diego, un campesino indígena que vivía en el lugar, el Tepeyac era una pequeña colina en el desierto. La primera aparición tuvo lugar en la mañana del sábado 9 de diciembre de 1531, que es hoy la festividad de San Juan Diego. Fue beatificado por San Juan Pablo II el 6 de mayo de 1990 y canonizado santo por el mismo San Juan Pablo II el 31 de julio de 2002, ambas ceremonias teniendo lugar en Ciudad de México.

Según los relatos de la época, la "mujer", hablando a Juan Diego en su lengua nativa náhuatl (la lengua del Imperio azteca), se identificó como la Virgen María, "madre del Dios muy verdadero". Pidió a Juan que en aquel lugar se construyera una iglesia en su honor. Se construyó una basílica y el lugar es ahora el santuario católico más visitado del mundo y el tercer lugar sagrado más visitado del mundo.

Un aspecto único de la aparición mariana de Nuestra Señora de Guadalupe es que sigue siendo un milagro continuo. No es de extrañar que cuando Juan Diego acudió -según las instrucciones de la Virgen- al obispo de Ciudad de México, el reverendísimo Juan de Zumárraga, para pedirle que construyera una iglesia en honor de la Santísima Virgen María, el obispo no le creyó al campesino. Juan Diego habló por segunda vez con el obispo Zumárraga al día siguiente, domingo 10 de diciembre de 1531, y el obispo pidió a Juan que volviera al cerro del Tepeyac para que le pidiera a la "mujer" una señal milagrosa que probara su identidad. Juan Diego se lo contó a la mujer, que prometió mostrarle una señal al día siguiente.

El lunes 11 de diciembre, el tío de Juan Diego, Juan Bernardino, se enfermó gravemente. Juan se sintió obligado a cuidar a su tío, por lo que evitó ir al cerro del Tepeyac. En las primeras horas de la mañana del martes 12 de diciembre, su tío empeoró y Juan viajó a Tlatelolco para buscar a un sacerdote católico que viniera a confesar a Juan Bernardino y a administrarle la unción de los enfermos en su lecho de muerte.

Para no verse retrasado en su misión de misericordia hacia su tío por razón de la "mujer", y además por sentirse avergonzado por no haber ido a su encuentro el lunes, Juan Diego eligió otra ruta alrededor del cerro del Tepeyac. La Virgen, sin embargo, lo interceptó y le preguntó adónde iba. Juan Diego le explicó lo sucedido y la Virgen le reprendió suavemente por no haber recurrido a ella. En las palabras que se han convertido en la frase más famosa de las apariciones de Guadalupe, y que ahora están inscritas sobre la entrada principal de la Basílica de Guadalupe, ella preguntó: “¿No estoy yo aquí que soy tu madre?"

La Virgen le aseguró a Juan que su tío ya se había recuperado y le dijo que recogiera flores de la cima del cerro del Tepeyac, que normalmente era totalmente estéril, sobre todo en el mes de diciembre. Juan Diego obedeció sus instrucciones y encontró, para su sorpresa, abundantes rosas castellanas, no nativas de México, en plena floración.

Según la historia que se ha transmitido, la Virgen arregló las flores en la tilma o manto de Juan Diego y luego le ordenó que fuera a la casa del obispo y le mostrara las rosas. Cuando Juan Diego se presentó ante el obispo Zumárraga y abrió su manto, las flores cayeron al suelo, revelando sobre la tela del manto la imagen milagrosa de la Virgen de Guadalupe.

No ha habido una explicación científica adecuada de cómo la imagen se imprimió en la tilma y permanece hasta hoy, casi 500 años después, como un milagro continuo. La tilma está iluminada y bellamente expuesta tras un cristal protegido en el santuario de la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en Ciudad de México.

Otro aspecto singular de la historia de Nuestra Señora de Guadalupe es el hecho de que María se apareció a Juan Diego como una madre encinta, vestida con el atuendo maternal tradicional de las mujeres indígenas de aquella región. Hablaba el dialecto nativo y se relacionaba con Juan Diego como un familiar de confianza.

Por eso Nuestra Señora de Guadalupe es considerada la Estrella de la Nueva Evangelización. Es absolutamente accesible. No juzga a los que la rodean. Es verdaderamente multicultural y atrae a una población diversa. Ella encarna todo lo que pensamos hoy cuando hablamos de diversidad, equidad e inclusión. Ella atrae hacia sí todas las culturas y lleva en su seno toda la verdad, la bondad y la belleza.

Nuestra Señora de Guadalupe se apareció como una estrella brillante en la noche, brillando a través de la oscuridad del mal del sacrificio de niños -siendo ritual de la religión de la época de Juan- y sigue brillando tras la sombra de nuestra propia época, el azote del aborto. La Virgen aparece como patrona de los no nacidos y protectora maternal de toda vida humana. Ella escucha y acoge toda vida. Es receptiva y atenta a las necesidades de los que la rodean: los niños, los enfermos, los marginados, los emigrantes y los oprimidos. Ella nutre a todos con su genio maternal y femenino. Con su belleza fecunda, ella capacita, anima e ilumina.

Y en su seno lleva el Pan de Vida. Si no fuera por la encarnación del Verbo hecho carne, que tuvo lugar en su seno virginal, no tendríamos la Sagrada Eucaristía. Ella dio al Hijo de Dios su constitución genética, su carne y sus huesos, su vida y su aliento humanos.

Por eso, en la Diócesis de Lincoln, animamos a todos los fieles, durante este tiempo de Avivamiento Eucarístico, a considerar la posibilidad de hacer un peregrinaje al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe. Este otoño, tres grupos de peregrinaje fueron a vivir con los pobres y las personas sin hogar, literalmente en el basurero de la ciudad de México, y a orar ante nuestro Señor Eucarístico en adoración silenciosa. ¿Qué mejor manera de pasar cinco días de su vida que con la imagen milagrosa de la Santísima Virgen María de Guadalupe en la tilma de San Juan Diego, la Presencia Real de Jesucristo en la Sagrada Eucaristía, y con el "más pequeño de mis hermanos"? Porque como solía decir la Madre Teresa de Calcuta, "si no creemos y vemos a Jesús en la apariencia del pan sobre el altar, no podremos verlo en el angustioso disfraz de los pobres."

Para inscribirse para un peregrinaje, envíe un correo electrónico a This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it..