Cuando me enteré de la noticia de la muerte del Papa Emérito Benedicto XVI, me sorprendió mucho. Si bien es cierto que, a la edad de 95 años, nuestro querido Santo Padre vivió una vida muy larga y fructífera, y fue inesperado que viviera por casi 10 años después de su renuncia sin precedentes al papado en 2013, su muerte el 31 de diciembre todavía fue una sorpresa.
Supongo que es como la muerte de un abuelo muy anciano. Todos sabemos que están cerca del final de su vida si llegan a los 90 años, pero sigue siendo un shock cuando se van.
El mero hecho de saber que el Papa Benedicto vivía una vida de oración y retiro en un monasterio aislado, escondido en los jardines del Vaticano, me consolaba y me daba un sentimiento de tranquilidad saber que estaba allí. Ahora que se ha ido a su recompensa eterna, siento una verdadera pérdida y un vacío en mi corazón.
El Papa Benedicto siempre ha sido un héroe personal y una figura paterna para mí. Fue el Papa que me nombró obispo en el 2008 cuando fui a Denver como obispo auxiliar, y luego me nombró noveno obispo de la diócesis de Lincoln en el 2012. Pero yendo mucho más atrás, cuando era un nuevo converso católico a mediados de los años 1970 y luego como joven sacerdote en los 80 y 90, los escritos del entonces Cardenal Joseph Ratzinger tuvieron un gran impacto en mi vida.
Del 1996 a 2006, tuve el honor y el privilegio de colaborar con él como funcionario del Vaticano en la Curia Romana, sirviendo en la Congregación para los Obispos. El cardenal Joseph Ratzinger era el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF) y nuestras dos congregaciones colaboraban a menudo en cuestiones y preocupaciones importantes a las que se enfrentaba la Iglesia universal en aquel momento.
Sin duda, fue el largo reinado de 27 años de San Juan Pablo II lo que realmente me formó como católico, como sacerdote y como obispo. Pero el Papa Benedicto siempre estuvo ahí, siempre presente. En muchos sentidos, veo a San Juan Pablo II y al Papa Benedicto XVI como las dos caras de una misma moneda. Uno era un filósofo de talla mundial, el otro era uno de los más grandes teólogos de nuestros días. Ambos vivieron de jóvenes las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial. Ambos fueron protagonistas del Concilio Vaticano II.
Y, sin embargo, eran muy diferentes en temperamento y personalidad. Juan Pablo II era extrovertido, carismático y se sentía cómodo en la escena mundial. Benedicto XVI era introvertido, tímido y prefería permanecer en un segundo plano.
Como uno de los más estrechos colaboradores de San Juan Pablo II durante décadas, el Papa Benedicto XVI fue muy a menudo mal caracterizado y cruelmente calumniado, como el frío ejecutor de la doctrina católica de Juan Pablo II. Esta percepción no puede ser más alejada de la realidad. Cualquiera que haya conocido al cardenal Ratzinger durante los años en que fue prefecto de la CDF, sabía que era un hombre amable, gentil, humilde, muy sereno, tranquilo, de temperamento apacible y santo.
Incluso antes de su elección como Papa Benedicto XVI, hubo una tormenta en la prensa en oposición a su candidatura. Yo estaba en mi despacho del Vaticano, que daba a la plaza de San Pedro, el día en que salió el humo blanco. Me sentí abrumado por la gratitud y la alegría cuando salió a la logia por primera vez. Toda esa caracterización errónea se desvaneció cuando fue elegido Papa. Aunque sus críticos siguieron calumniándolo, el verdadero Joseph Ratzinger comenzó a mostrarse desde el principio. Su mente aguda y su corazón humilde, unidos a su espíritu apacible y a su naturaleza modesta, comunicaron al mundo que se trataba realmente de un hombre de Dios.
Su primera y, en mi opinión, mejor encíclica, Deus Caritas Est (Dios es Amor), capta realmente al hombre y su misión. Aunque el Papa Benedicto XVI era un gran defensor de la verdadera fe, sabía que la verdad sin amor podía volverse fría e impersonal, una dura lista de hechos y expectativas. Del mismo modo, el amor sin verdad puede ser mero sentimentalismo y emocionalismo superficial. Caritas in Veritate (El Amor en la Verdad) la tercera de su trilogía de encíclicas (la del medio era sobre la esperanza), capta la visión del Papa Benedicto sobre nuestro camino hacia Dios, siempre en busca de lo verdadero, lo bueno y lo bello.
El legado del Papa Benedicto XVI, al igual que el de San Juan Pablo II, seguirá siendo analizado durante las próximas décadas. Al igual que su predecesor en la Cátedra de San Pedro, él tiene la clave para la interpretación auténtica del Concilio Vaticano II. San John Henry Newman escribió que todos los concilios ecuménicos de la historia de la Iglesia son como manantiales que brotan de la tierra. Siempre tienen el sabor del suelo del que brotaron.
El suelo del Vaticano II fueron los años sesenta. Se necesitan décadas para llegar río abajo desde la fuente de un manantial antes de que el agua comience a clarificarse, a cobrar fuerza y a proporcionar dirección. Aquellos primeros años después del Vaticano II fueron caóticos. Sólo hubieron unas pocas voces de sensatez durante aquellos años postconciliares; Joseph Ratzinger fue una de ellas.
Cuando se trató del Concilio Vaticano II, el Papa Benedicto XVI siempre creyó en lo que él llamaba la "hermenéutica de la continuidad" y no de la ruptura. En otras palabras, el Concilio Vaticano II no fue una ruptura con la tradición, sino un desarrollo, un manantial vivo de lo que le precedió. Newman dijo muy célebremente que "vivir es cambiar, y ser perfecto es haber cambiado a menudo". Pero continuó diciendo que las cosas deben cambiar para seguir siendo las mismas. Y esto es lo que Benedicto XVI quería decir con la "hermenéutica de la continuidad".
Estoy especialmente en deuda con Benedicto XVI por sus escritos sobre la sagrada liturgia. Él creía que la nueva evangelización no podría tener éxito sin una verdadera renovación del culto litúrgico. Todos debemos tener un sentido agudo de lo sobrenatural y lo trascendente en nuestras vidas. Debemos elevar nuestros corazones al Señor en el culto sagrado mediante la alabanza y la adoración, en plena y activa participación con la liturgia cósmica del cielo, si queremos que nuestros corazones se transformen en amor. Debemos esforzarnos por tener un encuentro personal con el Señor en la liturgia, en la Misa. Cuando nos encontramos con el Señor vivo, la única respuesta es la alabanza y el canto. El Papa Benedicto XVI lo sabía bien y sus escritos sobre la sagrada liturgia y su amor por la Sagrada Eucaristía perdurarán en el futuro. Pasará a la historia como una figura clave en la auténtica reforma de la liturgia.
Ni siquiera he mencionado su contribución como supervisor del desarrollo del Catecismo de la Iglesia Católica y su obra maestra en tres volúmenes de teología de las Escrituras y exégesis bíblica, Jesús de Nazaret, escrita en los primeros años de su pontificado. Esta obra se ha convertido en el estándar de la interpretación bíblica de la vida de Jesús. El Papa Benedicto, un consumado pianista clásico, ha sido llamado el "Mozart de la teología". Con su facilidad para las lenguas, tanto antiguas como modernas, su amplio conocimiento de la historia y la literatura, y su profunda sabiduría, podría muy bien ser uno de los últimos hombres verdaderamente renacentistas de nuestra era.
Aunque Benedicto XVI fue posiblemente el mayor teólogo de nuestra era, fue un hombre que hizo teología de rodillas. Fue ante todo un hombre de fe. Benedicto XVI vivió maravillosamente la definición medieval de la teología, formulada por el gran San Anselmo de Canterbury, Fides quaerens intellectum - la fe que busca el entendimiento. Benedicto XVI fue siempre un hombre de fe profunda y permanente en el amor a Dios. Como el gran San Benedicto de Nursia, cuyo nombre tomó cuando fue nombrado Papa, ora et labora, oración y trabajo, definieron su vida.
Aunque ciertamente echaré de menos a esta gran figura paterna en mi vida, que fue un santo guía, un gigante intelectual y un humilde sucesor de San Pedro, mi corazón canta con profunda gratitud por este santo varón llamado Joseph. Al igual que su tocayo, se le confió un rico tesoro en esta vida y fue un fiel administrador de este misterio hasta el final.