Al comienzo de la Vigilia Pascual, la Iglesia entona el antiguo himno que proclama la Resurrección de Cristo, llamado el Exsultet. El Exsultet - llamado así por su primera palabra en latín "Exsultet", que significa " Alégrense"- es un antiguo himno de alabanza.
Tiene su origen en los siglos IV y V en las iglesias de España, Italia y Francia, y sólo lentamente fue adoptada en la liturgia de la Iglesia de Roma. El texto que utilizamos hoy parece haber sido escrito en algún momento entre los siglos V y VII. A veces conocido como Laus Cerei - la "alabanza de la vela" - es una larga oración de bendición, cantada por un diácono o, si no hay diácono, por el propio sacerdote. En el rito romano moderno, se conoce como Praeconium Paschale, el "Pregón Pascual".
Después de exhortar a toda la Creación y a la Madre Iglesia a elevar un canto de alabanza, el Exsultet toma la forma de un prefacio, como el que se utiliza en la liturgia eucarística. Esta oración cantada relata las maravillas de la obra salvadora de Cristo, cuya luz nueva y resucitada, que brilla en las tinieblas, es representada por el mismo cirio pascual.
Una y otra vez, la oración habla de la obra de Cristo, que llega a su culminación en esta noche de Pascua, extrayendo gran parte de su simbolismo del Antiguo Testamento. Porque "ésta es la noche" en que Cristo pagó con su propia sangre la deuda de Adán con el Padre eterno. Esta es la noche de la Pascua, cuando Cristo, el verdadero Cordero, fue inmolado para salvar a Israel de la esclavitud. Esta es la noche en que Cristo, la columna de fuego, condujo a su pueblo a través del Mar Rojo y el desierto, de la esclavitud a la libertad. Esta es la noche en que la culpa de Adán ganó para el mundo un redentor tan grande, cuando Dios dio a su propio Hijo para rescatar a un esclavo.
Dentro de este antiguo himno de alabanza, oímos el verso: “esta noche santa ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos.”
No es exagerado decir que vivimos en un mundo muy oscuro y roto. Pero nosotros, como cristianos, poseemos la poderosa virtud de la esperanza. Y esta esperanza es lo que celebramos en la Pascua. Jesucristo, crucificado y resucitado, ¡está vivo! El pecado y la muerte han sido destruidos. Nuestra esperanza, incluso en medio de los males de este mundo, se revela profundamente en la Resurrección de Cristo.
La verdad de la resurrección disipa la maldad, ya que las tinieblas del mal no pueden coexistir con la Luz Eterna de Cristo. Lava nuestras faltas y restaura nuestra inocencia al volver al Señor en la confesión, sacramento de la misericordia. Esto nos da alegría en medio del dolor, al ver nuestro futuro destino en nuestra propia Resurrección prometida. La verdad de la victoria de Jesús sobre la muerte expulsa el odio y es lo único que puede traer la paz a nuestro mundo.
La última parte del Exsultet adopta la forma de una oración de bendición y consagración. El cirio pascual, fuego dividido pero no apagado, se ofrece solemnemente a Dios. En la última frase, oímos que Cristo, la verdadera Estrella de la Mañana, encontrará el cirio - la llama de la fe - todavía encendida, ese mismo Cristo cuya luz resucitada brilla apaciblemente sobre toda la humanidad.
El Exsultet es, pues, una introducción teológica al conjunto de la Vigilia Pascual, una especie de antesala del drama de la salvación que culmina con la resurrección de Cristo. El cirio pascual, del que se encienden todas las luces de la Iglesia y que permanece encendido durante toda la Pascua, simboliza la luz de Cristo resucitado. Pero quizá lo más revelador es que es en esa luz en la que escuchamos las lecturas de la Vigilia. Con esa nueva luz de Cristo interpretamos todas las lecturas del Antiguo y del Nuevo Testamento, desde la narración de la Creación hasta el hallazgo de la tumba vacía.
Las gracias concretas producidas por el Exsultet son actos de fe en la resurrección de Cristo y en su representación en la celebración pascual, proclamada y descrita con colores tan fervorosos y brillantes; actos, además, de esperanza expectante, de reverencia y admiración por los misterios pascuales; actos de gratitud por la caridad y la misericordia de Dios, por un sacrificio tan grande, por una gloria tan grande merecida para nosotros por el Redentor.
Sí, hermanos y hermanas, Jesús está vivo, y tenemos todos los motivos para alegrarnos. Está vivo, y el mal de nuestro mundo está siendo expulsado por esta verdad que ha "desterrado las tinieblas del pecado".
Que encuentren una esperanza renovada en este tiempo de Pascua, y que les fortalezca para ser cada vez más fieles a Él.