El 14 de septiembre, Fiesta de la Exaltación de la Cruz, marcó el 25º aniversario de la épica encíclica de San Juan Pablo II, Fides et Ratio (Fe y Razón). También marcó el 11º aniversario de mi nombramiento por el Papa Benedicto XVI, como noveno obispo de la diócesis de Lincoln, por lo que estoy eternamente agradecido a Dios. Estos dos aniversarios me han brindado la oportunidad de hacer algunas reflexiones.

Aunque el Papa Benedicto XVI me nombró obispo en el 2008, con mi nombramiento como obispo auxiliar de Denver bajo el arzobispo Charles Chaput, y luego me transfirió a la diócesis de Lincoln en el 2012, definitivamente soy un hombre de JPII. Él fue elegido a la Cátedra de Pedro en el año 1978, menos de tres años después de que yo fuera recibido en la Iglesia católica durante mis años universitarios.

La primera vez que lo oí hablar en persona fue el 4 de octubre de 1979, en Des Moines, Iowa, en la Misa celebrada en Living History Farms, durante su primera visita a Estados Unidos como nuevo Papa. Puedo decir que fue en esa Misa donde escuché por primera vez la llamada al sacerdocio. Él, a través del Espíritu Santo, me inspiró el deseo de ser sacerdote. Fui ordenado como sacerdote en 1985, en la plenitud de su pontificado. Luego me llamó a servirle en el Vaticano como funcionario de la entonces Congregación para los Obispos, en 1996. Le serví en esa función hasta su muerte, el 2 de abril de 2005.

Crecer como joven católico converso en los años postconciliares fue una época de gran confusión y cambio, tanto en lo cultural como en la Iglesia. San Juan Pablo II fue siempre un símbolo de estabilidad y seguridad. Se convirtió en el "verdadero norte" de la fe católica durante aquellos turbulentos años postconciliares. Siempre se podía acudir a él en búsqueda de claridad, dirección y seguridad de que la Iglesia seguía siendo un faro de luz y esperanza en medio de una cultura secular en constante crecimiento.

Pero fue en la década de los 90 donde dejó sus mayores y más significativas huellas. Empezando por la promulgación del catecismo universal de la Iglesia católica en 1992, seguido por su encíclica sobre la teología moral fundamental, Veritatis Splendor (El esplendor de la verdad) en 1993, y su encíclica sobre la vida humana, Evangelium Vitae (El Evangelio de la vida) en 1995, devolvió la Barca de Pedro a un puerto seguro, en medio de las tormentas de la última década del siglo 20, un mundo plagado de confusión y dudas sobre estas verdades fundamentales sobre la persona humana y la sociedad humana.

Pero San JPII era un filósofo en su corazón, y por eso su épica encíclica Fides et Ratio fue, quizás, la joya más brillante de la corona de esa década en la que nos dio tanto. Fides et Ratio es, por mucho, la más filosófica de sus 16 encíclicas, y nos asienta en una comprensión adecuada de la realidad y de cómo llegamos a conocer la realidad de las cosas.

El regalo único de nuestra tradición intelectual católica es la comprensión de la unidad de la fe y la razón. Nuestra herencia de varios siglos de educación católica nos permite ver los signos sacramentales del autor de la creación en el mundo que nos rodea, atrayéndonos hacia todo lo que es verdadero, bueno y bello. San Juan Pablo II nos recuerda que la fe y la razón nunca pueden contradecirse, y son como las dos alas de un pájaro que pueden ayudarnos a remontar el vuelo hacia las alturas de la realidad. Nuestro Señor es el Logos, la Palabra, en quien todas las cosas encajan. De hecho, si separamos la fe de la razón, todo se desmorona. La fe puede incluso rescatar a la ciencia y a la razón cuando nos lleva demasiado lejos y descarta al autor de la creación y, por tanto, al autor de la ciencia y de la razón.

En el ámbito de la educación, por ejemplo, si nos centramos sólo en la razón o en la ciencia, como se ve en las escuelas ultrautilitaristas e industrializadas de enseñanza superior de hoy, hacemos un mal servicio a nuestros alumnos. La razón por sí sola puede estar carente de conciencia y de la plenitud de la verdad. La sabiduría es lo que la persona humana se esfuerza por adquirir, no simplemente el conocimiento y la acumulación de información. El mundo es un lugar diferente a través de los ojos de la fe. Para ver el rostro de Dios en la eternidad, debemos usar nuestra razón para conocerlo, aprender a amarlo y tener fe para servirlo. Cuando formamos a nuestros alumnos tanto en la fe como en la razón, cultivamos una imaginación católica encarnada, sacramental y eclesial. Les damos la capacidad de verse a sí mismos en el relato de la historia de la salvación y de ver las cosas en relación con Cristo, que es a la vez Logos y Amor.

Como creyentes, comprendemos por la fe y la razón que todo procede de Dios, el Creador. Y, por tanto, no hay nada que podamos descubrir, o que la ciencia pueda aportarnos, que contradiga jamás la fe, porque si procede de Dios y forma parte de Su creación, entonces forma parte de la armonía y el orden de las cosas. No hay nada en la fe que deba temer a la razón o a la ciencia. Nunca puede haber contradicción entre la fe y la razón.

Puede que haya cosas en la ciencia que no podamos explicar, pero eso es simplemente porque va más allá del ámbito de lo demostrable. Esto se debe a que, en última instancia, la realidad es un misterio. Nunca podremos saber todo sobre la realidad, por muy científicamente avanzados que lleguemos a estar, y nunca lo sabremos, porque estamos tratando con Dios, con la creación de Dios, y Dios es infinito, y nunca vamos a descifrar todos los misterios del universo.

Por desgracia, en la educación secular se enseña a los jóvenes que las cosas de la religión, la fe, las cosas que pertenecen al ámbito espiritual, no son tan importantes o significativas como la ciencia. Y, por lo tanto, muchos jóvenes se han vuelto ateos, porque creen que las verdades que presenta la religión son de algún modo menos importantes porque no pueden demostrarse científicamente. Es una forma muy superficial de ver el mundo.

Fides et Ratio nos enseña que las cosas están algo "dadas", que existe una realidad objetiva que no creamos nosotros mismos, sino que descubrimos. Podemos confundirnos al respecto, pero el hecho es que esa realidad es absoluta, objetiva e inalterable. No podemos imponer o crear la realidad por nosotros mismos a través de nuestra mente.

Si seguimos una educación carente de cualquier dimensión de fe, o revelación, o filosofía, entonces hemos frustrado el conocimiento, y eso limita nuestros horizontes. Si separamos a la fe de la razón, nos quedamos en una neblina opaca. Para un cristiano, el aprendizaje es una aventura de fe que busca la comprensión, como lo describe San Anselmo.

Fides et Ratio, junto con las otras dos encíclicas mencionadas y el Catecismo de la Iglesia Católica, forman el núcleo del legado intelectual de San Juan Pablo II, y se han convertido en los pilares del monumental pontificado de Juan Pablo II. Resulta inquietante que en algunos círculos del mundo católico, unos 25 y 30 años después, se pongan en duda estos documentos de enseñanza de la década de los 90. Al final, estas enseñanzas superarán la prueba del tiempo. No tengo miedo de ello. Pero mientras tanto, algunos se dejarán llevar por mal camino y caerán en la confusión.

En mi propia vida, Fides et Ratio me ha ayudado a comprender la unidad de la fe y la razón, y a ver la fe y la razón -la teología y la filosofía, la religión y la ciencia- como cosas que pueden enriquecerse mutuamente.

Así que, con este aniversario de Fides et Ratio, necesitamos volver a visitar estas fuentes de sabiduría que nos dio este santo Papa. San Juan Pablo II nos ha dado un maravilloso patrimonio de enseñanzas que aún no ha sido explorado en toda su profundidad. La gente necesita volver a leer estas enseñanzas perennes, porque hoy son más relevantes que nunca.

La gran cantidad de obras de San Juan Pablo II -incluyendo Fides et Ratio- puede mostrarnos cómo la doctrina establecida puede ser un ancla para el futuro. Puede mantenernos en el rumbo en estos tiempos turbulentos que conocemos, 25 años después, en relación con las verdades sobre la persona humana, el hombre y la mujer, las verdades sobre la vida y la muerte, y cómo llegamos a conocer la realidad.