Uno de los temas principales del Concilio Vaticano II fue el "llamado universal a la santidad". Esta es la idea de que todos, no sólo los sacerdotes y las religiosas, están llamados a ser santos. Santa Teresa de Calcuta, cuando los periodistas le preguntaron qué se sentía al ser una santa viva, bromeó: "la santidad no es un lujo para unos pocos, sino un deber de todo cristiano, ¡incluso de los periodistas!". En virtud de nuestro bautismo, y ayudados por la oración, los sacramentos y una vida de caridad, todos recibimos gracias suficientes para vivir santamente.
Vivimos este llamado a la santidad en una variedad de vocaciones. La mayoría de los bautizados están llamados a la vocación matrimonial. Algunos, sin embargo, son llamados a la vocación sacerdotal y a la vida consagrada. Los que son llamados a la vida consagrada pueden ser miembros de comunidades religiosas masculinas o femeninas, tanto activas como contemplativas; monásticas, o comprometidas en diversos apostolados, fundados por santos y santas a quienes el Señor ha dado carismas especiales, como la enseñanza, el cuidado de la salud o el servicio a los pobres.
Entre las mujeres llamadas a la vida consagrada, existe una forma de vida consagrada única y poco conocida: la vocación de virgen consagrada que vive en medio del mundo. En realidad, se trata de una antigua forma de vida consagrada que tiene sus orígenes en los tiempos apostólicos, pero que sólo ha sido restaurada a partir del Concilio Vaticano II. Quisiera, por tanto, centrar mi columna en la vocación de una virgen consagrada que vive en medio del mundo. Utilizaré como guía el "Rito de la Consagración", tomado de la ceremonia litúrgica que nos ha dado la Santa Madre Iglesia.
Primero, un poco de historia. En los primeros siglos, sabemos que muchos cristianos fueron perseguidos por su fe. El testimonio del martirio, de aquellos hombres y mujeres que dieron su vida por Jesús y su Iglesia, fue la máxima expresión de la vocación a la santidad.
Después, pasada la época del martirio, los ermitaños iban al desierto o entraban en comunidades monásticas para seguir el llamado a la santidad. Al mismo tiempo, hubo quienes fueron llamadas por el Señor a vivir como "vírgenes en el mundo", más que en monasterios o desiertos remotos. Eran mujeres consagradas a una vida de virginidad, que vivían en medio del mundo y que florecieron en los primeros siglos de la Iglesia. Los Padres de la Iglesia hablaron con elocuencia de esta vocación.
La virginidad consagrada llegó a ser tan integrada en el tejido de la Iglesia que, con el tiempo, recibió el nombre de Orden, análogo al de los obispos, presbíteros, diáconos y viudas. De hecho, la Orden de las Vírgenes se desarrolló a partir del testimonio evangélico de mujeres que lo dejaron todo libremente para seguir al Señor. Con el paso de los siglos y el crecimiento de los institutos monásticos y religiosos, las vírgenes consagradas se hicieron menos comunes en la vida de la Iglesia o acabaron siendo absorbidas por la vida monástica.
El creciente interés por la vocación a la virginidad consagrada y la mencionada directiva del Vaticano II, llevaron a la publicación de un rito solemne que constituye a la candidata como "una persona sagrada, un signo superlativo del amor de la Iglesia a Cristo, y una imagen escatológica del mundo venidero y de la gloria de la celestial Esposa de Cristo" [de la Introducción al Rito de Consagración a una Vida de Virginidad].
Por consiguiente, en 1970, el Papa San Pablo VI publicó el Rito de Consagración a la Vida de Virginidad para las mujeres que viven en el mundo. La Orden de las Vírgenes también se incluyó en el Código de Derecho Canónico de 1983 (canon 604) para la Iglesia latina y en los cánones para las Iglesias orientales.
Estos documentos enseñan que la candidata debe ser consagrada a Dios por el obispo diocesano según un rito aprobado por la Iglesia. Se desposa místicamente con Cristo y se dedica al servicio de la Iglesia. Entra así en un estado público de vida consagrada en la Iglesia. La virgen consagrada vive su vida individualmente o quizás con su familia, bajo la dirección del obispo diocesano. No vive en comunidad como una religiosa o una monja, sino que vive su vocación virginal en su integridad, femenina en su receptividad y esponsal en su intimidad. La virgen consagrada tiene también una fecundidad espiritual y maternal que brota del amor del esposo divino.
Además, el Catecismo de la Iglesia Católica contiene tres párrafos sobre esta vocación (CIC 922-924). El Papa San Juan Pablo II dio testimonio del florecimiento de la antigua Orden de las Vírgenes al escribir sobre ella en su exhortación apostólica postsinodal, Vita Consecrata, (cf. VC, 7, dada el 25 de marzo de 1996).
El Rito de Consagración a la Vida de Virginidad para las mujeres que viven en el mundo consta de las siguientes partes: a) el llamamiento de la candidata; b) la homilía o discurso, en el que se instruye a la candidata y al pueblo sobre el don de la virginidad; c) el examen, en el que el obispo pregunta a la candidata sobre su voluntad de perseverar en su intención y de recibir la consagración; d) las Letanías, en las que se reza a Dios Padre y se invoca la intercesión de la Virgen María y de todos los Santos; e) la renovación de la intención de castidad (o la profesión religiosa); f) la Bendición Solemne o consagración, por la que la Iglesia pide al Padre celestial que derrame sobre la candidata los dones del Espíritu Santo; g) la entrega de las insignias de la consagración: anillo, velo y breviario, para simbolizar la entrega espiritual.
El obispo plantea entonces tres preguntas a la candidata durante la ceremonia: 1) ¿estás decidida a perseverar hasta el fin de tus días en el santo estado de virginidad y en el servicio a Dios y a su Iglesia?, 2) ¿estás decidida a seguir a Cristo en el espíritu del Evangelio para que toda tu vida sea un testimonio fiel del amor de Dios y un signo convincente del Reino de los Cielos?, 3) ¿estás decidida a aceptar la consagración solemne como esposa de nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios?
La virgen consagrada es constituida persona sagrada en la Iglesia. No se le impone ningún servicio o espiritualidad particular. El don de una vida de virginidad perpetua debe armonizarse con los demás dones que Dios ha concedido a la mujer en libertad creadora. El tiempo de la virgen consagrada se emplea en obras de penitencia y de misericordia, en la actividad apostólica y en la oración. Está llamada a una profunda oración y vida sacramental, y se le recomienda fuertemente recitar diariamente la Liturgia de las Horas.
En su estado de consagrada, la virgen consagrada permanece en el estado secular, proveyendo completamente a sus propias necesidades materiales, cuidados médicos y jubilación. La diócesis no es responsable económicamente de su sustento.
La virgen consagrada no lleva hábito ni velo, ni usa el título de "hermana". Ella da testimonio sutil, pero público y poderoso, por su vida virginal, de su relación esponsal exclusiva con Jesucristo. Una virgen consagrada lleva un anillo, indicando su compromiso esponsal. Su comportamiento, modestia en el vestir y sencillez de vida, señalan su compromiso de seguir a Cristo, su Esposo, en las virtudes de pobreza, castidad y obediencia.
¿Cómo podría discernir una mujer hoy en la diócesis de Lincoln una vocación a la virginidad consagrada? Después de un cuidadoso discernimiento con su párroco y/o director espiritual, una virgen que se siente atraída por la vocación de la virginidad consagrada vivida en el mundo, debe ponerse en contacto con su obispo o director diocesano de vocaciones.
Luego se invitará a la candidata a expresar sus intenciones al obispo, su motivación para pedir la vocación a una vida de virginidad consagrada, sus aptitudes para este estado de vida, y sus disposiciones y preparación intelectual y espiritual para entrar en la formación para una vida de virginidad consagrada. Está llamada a un deseo verdadero, estable y profundo de vivir la vida de una virgen consagrada en el mundo, adhiriéndose a todas las enseñanzas de la Iglesia Católica. Su motivación no debe estar contaminada por el orgullo o el miedo al matrimonio, ni por el mero deseo de permanecer soltera, ni por el deseo de un estatus en la Iglesia. Sus intenciones y deseos deben ser confirmados por el ejemplo de su vida, y una invitación de Cristo a ser Su novia virgen viviendo en el mundo. Corresponde al obispo y a sus colaboradores ayudarla en el discernimiento de su vocación.
Una motivación correcta, sin embargo, no es suficiente para garantizar que se pueda vivir la vida de una virgen consagrada en el mundo. Debe ser madura en sus sentimientos, capaz de vivir una vida como individua y de formarse a través de la oración. Debe ser una persona estable. Puede mantenerse con cualquier trabajo legítimo. Aunque algunas vírgenes consagradas son empleadas de la Iglesia, muchas no lo son.
Podría ser admitida por el obispo a un tiempo de formación, normalmente de al menos dos años, durante el cual la candidata se familiarizaría con el significado, la naturaleza, las profundidades específicas, las obligaciones y las gracias del estado de virginidad consagrada en la Iglesia.
Debe ser capaz de mantener una vida de oración, ascetismo, crecimiento continuo y entrega de sí misma al servicio de Dios y de sus hermanos y hermanas en Cristo. La candidata deberá hacer un retiro espiritual anual.
Aunque no se dispone de un número exacto, hay más de 260 vírgenes consagradas en Estados Unidos y aproximadamente 5,000 en todo el mundo.
Me alegra decir que tenemos una candidata que ha comenzado su formación a una vida de virginidad consagrada en la diócesis de Lincoln. Invito a aquellas mujeres que sientan una llamada a esta hermosa vocación, a que se pongan en contacto conmigo directamente en la Cancillería, o a través de nuestra oficina diocesana de vocaciones.
Nota del editor: para más información, consulte la Asociación de Vírgenes Consagradas de Estados Unidos (USACV) en consecratedvirgins.org