El obispo James Conley predicó la homilía el 28 de septiembre en la misa conmemorativa del octogésimo cumpleaños del arzobispo Charles J. Chaput, OFM, Cap. El obispo Conley sirvió como obispo auxiliar con el arzobispo Chaput en Denver, antes de que Chaput fuera nombrado arzobispo de Filadelfia. El arzobispo se jubiló en el 2020.
La misa por el arzobispo Chaput se celebró en la iglesia de Santa María en Annapolis, Maryland. A continuación sigue el texto de la homilía del obispo Conley.
Las Escrituras de hoy hablan de la generosidad del Espíritu Santo, que concede dones a quienes están cerca del maestro, Moisés y Jesús respectivamente, por lo que es apropiado que todos nosotros estemos aquí reunidos en honor de uno de los grandes maestros de nuestro tiempo. Cada uno de nosotros, a nuestra manera, somos beneficiarios de una gracia que fluyó de su ministerio. Cada uno de nosotros es como Eldad y Medad en la lectura del Antiguo Testamento, y como la persona anónima del Evangelio de hoy que expulsó demonios en nombre de Jesús. Nuestros ministerios fluyen directamente de uno de los grandes profetas y maestros de nuestro tiempo y lugar: el arzobispo Charles J. Chaput.
En la primera lectura, Moisés fue incitado a impedir que Eldad y Medad predicaran porque no formaban parte de los setenta ancianos. Vemos, pues, que el clericalismo no es algo nuevo, sino que parece estar casi programado en nuestra naturaleza caída. En la lectura del Evangelio, de nuevo vemos una forma de clericalismo cuando los Apóstoles intentaron impedir que alguien hiciera milagros en nombre de Jesús.
Tanto Moisés como Jesús rechazaron el miedo que a menudo rodea al clericalismo y abrieron ampliamente las puertas para que el Espíritu Santo actuara a través de todos los fieles. Lo mismo sucede con nuestro amigo, el arzobispo Chaput.
Si hubo alguna vez un líder moderno en la Iglesia que animara a todos los fieles a dejarse guiar por el Espíritu Santo, ése fue el arzobispo Chaput. Como lo oí decir muchas veces: “Mi trabajo es apartarme del camino del Espíritu Santo”. Y así lo hizo, a lo grande. Dio la bienvenida a sacerdotes, religiosos y laicos para que probaran cosas nuevas, pensando fuera de lo convencional, con la expectativa de que el Espíritu Santo desea traer nueva vida a la Iglesia y hacer nuevas todas las cosas a través del trabajo creativo de todos los fieles, laicos y clérigos por igual.
Después de ser nombrado obispo a la temprana edad de 43 años en Rapid City, S.D., menos de diez años más tarde, en 1997, por la sabiduría y la providencia de Dios, un joven franciscano nativo americano fue nombrado arzobispo de Denver ante el extraordinario acontecimiento de la Jornada Mundial de la Juventud de 1993. Esta decisión de San Juan Pablo II, guiada por el Espíritu Santo, ha cambiado la Iglesia, no solo en Denver, y no solo en los Estados Unidos, sino en todo el mundo.
La Nueva Evangelización, que fue uno de los rasgos distintivos del pontificado de Juan Pablo Magno, nunca se hizo más realidad que en Denver, Colorado. Cada uno de ustedes es una prueba de esta verdad. Hoy, con ocasión de la celebración del octogésimo cumpleaños del arzobispo Chaput, recordamos su vasto legado: Los apostolados laicales, que siguen transformando el mundo; la renovación de la vida del seminario con la innovación del año de espiritualidad, ahora llamado etapa propedéutica, que es una parte común de la vida del seminario, pero que en aquel momento era un gran riesgo para un seminario americano; la infusión de ideas que fluyeron del intelecto furtivo y la prolífera pluma del arzobispo; y, como todos nosotros podemos atestiguar, las profundas amistades que fomentó.
Sabemos que el arzobispo tiene sus adversarios, pero ellos no lo conocen como nosotros. No conocen su profundo amor por sus amigos y por todos los que están a su cargo; no conocen su sencillez de vida basada en su amor franciscano a la pobreza; no conocen su obediencia desinteresada a la Iglesia; no conocen su amor por la verdad, templado por una auténtica compasión por los pobres espiritual y materialmente. Conocemos todas estas cosas y más, y por eso con razón las celebramos hoy.
El arzobispo Chaput no es sólo un hombre que Dios, en su misericordia, nos dio por un tiempo; su legado durará mucho más que todos nosotros. Pero es importante que nosotros mismos asumamos la responsabilidad de continuar su legado. Hemos recibido un gran regalo con la vida y la amistad del arzobispo Chaput, que nos impone la obligación de modelar su ejemplo de dejar que el Espíritu Santo actúe generosamente y sin miedo a través de nosotros.
Tengo tantos recuerdos de mi tiempo con él en Denver, pero uno que está marcado en mi alma es el de las misas de los domingos por la tarde para los jóvenes adultos. Se notaba que era su cita más importante de la semana, semana tras semana. Los jóvenes acudían numerosamente a la catedral los domingos por la tarde, hasta el punto de que sólo había espacio para estar de pie. Predicaba el Evangelio de un modo que desafiaba a los jóvenes, pero también les daba esperanza. Dejó claro que estaban llamados a algo grande, en el espíritu de Juan Pablo II, que había predicado en la misma catedral y había llamado a la Jornada Mundial de la Juventud de Denver una revolución.
El arzobispo Chaput nos hizo sentir a todos que estábamos llamados a algo más grande de lo que nosotros mismos podíamos imaginar. Yo no sería obispo sin que él viera en mí algo que yo no veía, e imagino que todos ustedes atribuyen gran parte del éxito de su trabajo a la confianza que él depositó en ustedes.
El arzobispo Chaput fue el general de campo de la revolución y los fieles respondieron a su llamado en parte porque vivió lo que hoy proclama el salmista: Los preceptos del Señor alegran el corazón. En todos los años que lo conocí, el arzobispo Chaput dio testimonio de un corazón alegre, incluso en los momentos difíciles.
No es ningún secreto que su traslado a Philadelphia fue un cambio tremendo con respecto a Denver. Philadelphia no tenía la joven cultura católica de Denver. Era una cultura católica antigua que tenía muchos desafíos, más de los que cualquiera de nosotros probablemente sepa. Y, sin embargo, el arzobispo seguía mostrando un corazón alegre que sólo puede explicarse como un don del Espíritu Santo.
La vida en el Espíritu Santo del arzobispo Chaput fue visible en su gestión del Encuentro Mundial de las Familias en Philadelphia, que realizó en fiel obediencia al Santo Padre, y en mucho más. Las muchas decisiones difíciles que tuvo que tomar, tanto en Denver como en Philadelphia, y sin duda en Rapid City y en su tiempo como provincial de su comunidad, fueron fruto de su confianza en el amor de Cristo por la Iglesia.
Permítanme mencionar también nuestra decepción por el hecho de que no haya sido elevado al Colegio Cardenalicio. No creo que sea algo que preocupe al arzobispo, pues nunca le interesaron los títulos ni los honores individuales. Nunca lo hemos discutido, pero es una tristeza para el resto de nosotros, porque habría sido un regalo para la Iglesia, que habría inspirado más coraje en la Iglesia y habría dado al Espíritu Santo más oportunidades de actuar de forma creativa. Pero no sucedió así, lo que sólo puedo calificar como la peor forma de política eclesiástica cuando, por razones aparentemente ideológicas, se pasa por alto a un hombre de pobreza, celo evangélico y profundas dotes intelectuales. Confiamos en que el Espíritu Santo siga sacando algo bueno de todo esto, pero es una decepción que merece ser reconocida.
Con corazones agradecidos, sin embargo, celebramos a un hombre que es testigo de la obra creativa del Espíritu Santo. Damos gracias a Dios porque nuestras vidas se cruzaron con la suya. Y rezamos para que el don de su vida siga moldeando a la Iglesia. Con todo esto en mente, recordamos el lema episcopal del arzobispo Chaput: “Como Cristo Amó a la Iglesia”. Hoy reconocemos su amor por cada uno de nosotros, y nuestro amor por él. Que su testimonio de amor a la Iglesia siga dando frutos radicales en nuestras vidas y en la vida de la Iglesia.