Este Año del Jubileo 2025 manifiesta el gran mandato jubilar de la liberación del pecado, el perdón de las deudas y la reparación de las relaciones. La bondad de Dios hacia nosotros es tan abrumadora que podemos fácilmente quedarnos anonadados por su grandeza, o paralizados por su llamado a hacer lo mismo. ¿Cómo podemos expresar la misericordia y el perdón incomprensibles hacia los demás, que Él nos ha mostrado? La respuesta es que no podemos, sin Su gracia, que Él derrama en abundancia sobre nosotros durante este Año Santo.

El Año del Jubileo es también una gran oportunidad para enderezar nuestras relaciones con nuestros hermanos y hermanas; para expresar a aquellos en nuestras vidas, el amor y la compasión que hemos experimentado de Él. El amor de Dios no conoce parcialidad, y Dios tampoco distingue entre pecador y santo. Él ve a cada uno de nosotros a través de Su lente divino de amor.

La razón por la que Dios puede amar tan profundamente es simplemente porque el amor es Su identidad. “Dios es amor” (1 Juan 4:8). Es quien Él es. Él ve la bondad oculta dentro de cada uno de nosotros, y se esfuerza por cultivarla, nutrirla y llevarla a la madurez. Por eso puede perdonar tan fácilmente. Nos ve tal y como fuimos creados y trabaja incansablemente para sacar a relucir esa bondad, ayudándonos a rechazar aquello que se interpone en el camino de la criatura perfecta que siempre quiso que fuéramos.

Él nos ve, nos conoce y nos ama; y nos pide que veamos, conozcamos y amemos a los demás de la misma manera. Por eso nos manda a “amar al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente, y amar a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22:37-39). Durante este Año del Jubileo, estamos llamados a asumir la visión de Cristo y ver a los demás genuinamente, como los Hijos de Dios que realmente son, como amados por Él de una manera que es casi incomprensible.

En nuestra sociedad actual, existe una comunidad de creyentes en la que esta realidad de ser vistos, conocidos y amados por los demás puede no hacerse realidad: las familias y los miembros del Cuerpo de Cristo con discapacidades. Aunque puede ser fácil “reconocer” a alguien con discapacidad, o tal vez incluso simpatizar con sus dificultades, su batalla puede ser tan diferente a la nuestra que no sabemos cómo responder y verlos como realmente son. La respuesta fácil a esto es seguir adelante tranquilamente. Lo valiente es entrar en sus pruebas y acompañarlos.

Cuando realmente vemos a alguien, se presenta una oportunidad: la posibilidad de conocer a la persona y escuchar su historia. Cada persona humana es hermosa y tiene su propia historia, cada alma tiene una gran dignidad y valor, y cada alma tiene la capacidad para la alegría.

No debemos ser ingenuos ante el sufrimiento. La constancia del cuidado que se deriva de estas discapacidades es muy real y, a menudo, abrumadora. Es fácil no ver a los miembros de la familia que se sienten como si se estuvieran ahogando en la tormenta y las mareas constantes del cuidado de las personas con necesidades especiales. Puede ser fácil suponer que todo va bien, ya que mantenemos a las personas a distancia, sin darnos cuenta de la pesadez de sus cruces. Esto no es a lo que la Iglesia y sus miembros están llamados. En la Cuaresma del 2015, el papa Francisco hizo un llamamiento a nuestras comunidades cristianas para que sean «islas de misericordia», refugios para los cansados, lugares donde las personas con necesidades especiales puedan ser vistas, escuchadas y amadas.

Amar es dar sin esperar nada a cambio. Amar a los discapacitados y a quienes los cuidan es una necesidad genuina en nuestra Iglesia y sociedad, y exige una verdadera respuesta cristiana. Conozco a muchos padres, tutores, hermanos y cuidadores que se desgastan repetidamente por sus seres queridos con discapacidades, desde la infancia de la persona hasta toda su vida adulta. Dios también los ve y los conoce, y los ama. Él nos llama a animarlos y caminar con ellos, y a amarlos también.

Esto, como tantas cosas, comienza con una invitación. Nuestras parroquias son un hogar para todos. No un hogar perfecto, sino un hogar lleno de amor y paciencia. Muchos de los que viven en nuestras parroquias son invisibles y se sienten aislados y solos. ¡Debemos responder al deseo de sus corazones! Para quien se siente aislado, no basta con desearle lo mejor. Necesitamos entrar en su mundo y decir una palabra de bienvenida a sus corazones. Si el aislamiento se ha instalado de verdad, ese es un lugar que el enemigo llena de mentiras. No debemos abandonar a nuestros vecinos.

El Santo Padre ha pedido que en el fin de semana del 26 al 27 de abril se reconozca a las personas con discapacidades durante este Año del Jubileo. Estoy enviando oraciones de intercesión a todas nuestras parroquias para que se lean ese fin de semana. Me gustaría invitar a todas las personas con discapacidades y a sus familias a que se unan a mí en el Centro Diocesano Juan XXIII, 3700 Sheridan Blvd. en Lincoln, el lunes 12 de mayo a las 7 p. m., la víspera de la fiesta de Nuestra Señora de Fátima, para conocernos y rezar juntos. Tendremos una media hora santa de adoración eucarística y un rato de recepción juntos.

Les pido a todos que trabajen dentro de su comunidad, con su párroco y con aquellos que están experimentando esta realidad, para ayudar a hacer de su parroquia un lugar de acogida. Quizás se puedan ofrecer liturgias con pocos estímulos sensoriales, catequesis adaptativa o momentos regulares en los que se puedan construir y fomentar comunidades. Las posibilidades son numerosas. Empieza por todos nosotros, haciendo un espacio en nuestra agenda para que nuestros vecinos sean vistos, conocidos y amados, de la misma manera que cada uno de nosotros es visto, conocido y amado por nuestro Padre Celestial.