Nota del editor: El obispo James Conley fue el celebrante y homilista de la misa de la Vigilia de Oración por la Vida celebrada el 22 de enero en la Basílica del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción en Washington, D.C. La misa fue seguida de una vigilia de oración que duró toda la noche antes de la Marcha por la Vida. Este es el texto de su homilía.
Eminencias y Excelencias, hermanos sacerdotes, diáconos, seminaristas, hombres y mujeres consagrados, queridos hermanos y hermanas en Cristo. Es un gran honor y privilegio celebrar esta Misa de Vigilia aquí, en la Basílica del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción, en este “Día Nacional de Oración por la Protección Legal de los Niños No Nacidos”. Agradezco al obispo Daniel Thomas, presidente de la Secretaría Pro-Vida de los Obispos de Estados Unidos, por invitarme a celebrar esta misa en su lugar.
Acabamos de escuchar estas palabras del profeta Isaías en la primera lectura:
“El Señor me llamó desde el seno materno, desde las entrañas de mi madre pronunció mi nombre… el Señor, el que me formó desde el seno materno para ser su siervo.”
He asistido a esta Misa de Vigilia y a la Marcha por la Vida esporádicamente, desde mis días en el seminario, muy cerca de aquí, en el Seminario Mount St. Mary's en Emmitsburg, Maryland – hace más de 40 años. Cada año es como una inyección de energía estar con tantos de ustedes, especialmente con ustedes, los jóvenes, que comparten la pasión y la alegría por el don de la vida y que quieren construir una “cultura de la vida y una civilización del amor”, donde los bebés sean protegidos en el vientre de sus madres y las mujeres sean amadas, escuchadas y cuidadas cuando se enfrentan a decisiones muy difíciles que cambian sus vidas.
Pero no siempre he sido pro-vida. No crecí como católico y nunca tuve el beneficio de una educación católica, como muchos de ustedes aquí presentes hoy. Nunca pensé mucho en la vida en el útero o en el tema del aborto. En mis años de secundaria, ¡creo que lo que más me interesaba era saber dónde sería el próximo concierto de Grateful Dead! Cuando se dictó la sentencia del Tribunal Supremo en el caso Roe v. Wade en 1973, nos enseñaron que el feto era solo un trozo de tejido, una masa de células. La ciencia no estaba muy desarrollada en los años 70, por lo que el aborto no me parecía algo tan grave.
Pero recuerdo muy claramente que en la década de los 70 fui a una fiesta de preparatoria poco después de que se legalizara el aborto. En esa fiesta había un amigo mío que nos contó que su novia estaba embarazada y nos pidió que juntáramos dinero para que él pudiera “solucionar el problema”. No recuerdo mucho de la historia, pero sí recuerdo haber sentido en lo más profundo de mi ser que había algo que estaba mal en todo esto. No sabía qué era ni por qué. Conocía bien a su novia. Habíamos estudiado juntos en la secundaria. Y recuerdo haberme sentido muy triste por ella y por él. Eso me marcó durante mucho tiempo.
Unos años después, estuve en una universidad estatal enorme. Providencialmente, terminé topándome con un programa de humanidades de “grandes libros”. Y al ser expuesto a las grandes obras de la literatura y la poesía, el arte, la historia y la música – “lo mejor que se ha pensado y dicho jamás” (Matthew Arnold) – ¡descubrí la verdad, la bondad y la belleza por primera vez en mi vida! ¡Mucho mejor que cualquier concierto de Grateful Dead! ¡Y descubrí la Iglesia católica y a Jesucristo, que es la Verdad, la Bondad y la Belleza encarnadas! Nunca había sido bautizado, así que a mitad de mi tercer año de universidad fui bautizado, confirmado y recibí mi primera comunión.
Algún tiempo después, alguien me regaló una vieja y gastada copia de Humanae Vitae, la monumental encíclica de San Pablo VI sobre la vida humana. Cuando leí esa encíclica – que probablemente es uno de los documentos papales más breves de la historia – se me cayeron las vendas de los ojos. Ahora sabía “porque” me sentía tan incómodo y triste en la preparatoria. Por primera vez vi que la vida humana era un misterioso regalo de Dios y cómo cada uno de nosotros está hecho a Su imagen y semejanza. Y cómo la sexualidad humana tiene una sacralidad y una belleza únicas. Y cómo, en el santuario del vientre de nuestra madre, el Señor nos ha formado y nos ha hecho Sus siervos, como ha dicho hoy Isaías. Y que Dios tenía un plan para mí, y que Dios tiene un plan para cada uno de nosotros.
Y cuando empecé a ver el mundo a través de una perspectiva católica, me di cuenta de cómo todo estaba maravillosamente conectado, formando una realidad integrada. Cómo todo tenía un significado y un propósito y cómo, de nuevo según Isaías, “Soy estimado a los ojos de Señor y mi Dios ha venido a ser mi fortaleza.”
Prontamente discerní mi vocación al sacerdocio y, bueno, el resto es historia. Solo dos años después de mi ordenación, mi obispo me nombró director provida de mi diócesis natal de Wichita, Kansas. A medida que me involucraba cada vez más en el ministerio provida, me quedó muy claro que, en las palabras de la Santa Madre Teresa, “el aborto es el mayor destructor de la paz en el mundo”. Aquí había una mujer que dedicó toda su vida a servir a los más pobres de entre los pobres, viviendo una vida de pobreza absoluta y entrega, y sabía que el aborto era el mayor mal de nuestros días.
Los obispos estadounidenses también enseñan que el aborto es el tema más importante de nuestros días por varias razones:
El aborto es una destrucción directa e intencionada de la vida humana en su nivel más fundamental, y el derecho a la vida es la condición para todos los demás derechos humanos.
El gran número de vidas perdidas por el aborto – más de un millón cada año – es catastrófico. Imagínense si hubiera más de un millón de asesinatos cada año por violencia armada. ¿Lo toleraríamos?
Los niños no nacidos son considerados los miembros más vulnerables y sin voz de la sociedad, incapaces de hablar o defenderse por sí mismos.
Por último, el aborto es un ataque a la propia familia, que se supone que es el “santuario de la vida”.
Sin duda, los obispos enseñan que existen “otras amenazas muy graves a la vida y la dignidad de la persona humana, como la eutanasia, la violencia armada, el terrorismo, la pena de muerte y el tráfico de personas. También está la redefinición del matrimonio y el género, las amenazas a la libertad religiosa en el país y en el extranjero, la falta de justicia para los pobres, el sufrimiento de los migrantes y refugiados, las guerras y hambrunas en todo el mundo, el racismo, la necesidad de un mayor acceso a la salud y la educación, el cuidado de nuestra casa común, y más. Todo ello amenaza la dignidad de la persona humana” (Documento de los Obispos Estadounidenses: Formando la Conciencia para Ser Ciudadanos Fieles – Nota introductoria, 2023).
Pero nuestros hermanos y hermanas en el vientre materno son las víctimas más vulnerables y sin voz. En casi todos los demás casos de injusticia, quienes se ven amenazados pueden expresarse por sí mismos y tienen al menos algún poder para defenderse, alguna forma de defensa.
Nuestro Santo Padre, el papa León XIV, se ha pronunciado recientemente en este mismo sentido en su discurso a los diplomáticos acreditados ante la Santa Sede el 9 de enero.
En su discurso, confirma la importancia del aborto como prioridad fundamental cuando afirma: “Es necesario reafirmar con fuerza que la tutela del derecho a la vida constituye el fundamento imprescindible de cualquier otro derecho humano”.
El papa León continúa diciendo que «la Santa Sede… considera deplorable que se asignen recursos públicos para suprimir la vida, en lugar de invertirlos en apoyar a las madres y las familias. El objetivo principal debe seguir siendo la protección de todos los niños no nacidos y el apoyo efectivo y concreto a todas las mujeres para que puedan acoger la vida”.
Más adelante, en ese mismo discurso, el papa León escribe: “La vocación al amor y a la vida, que se manifiesta de manera importante en la unión exclusiva e indisoluble entre una mujer y un hombre, implica un imperativo ético fundamental para que las familias puedan acoger y cuidar plenamente la vida por nacer. Esto es cada vez más una prioridad, especialmente en aquellos países que están experimentando un dramático descenso de la natalidad. La vida, de hecho, es un don inestimable que se desarrolla dentro de una relación comprometida basada en la entrega mutua y el servicio”.
El 24 de junio de 2023, la decisión del Tribunal Supremo en el caso Dobbs v. Planned Parenthood anuló la sentencia Roe v. Wade y devolvió a los estados la autoridad para regular el aborto, gracias a Dios. En el caso Dobbs, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos dictaminó que nunca ha existido el derecho constitucional de matar a propósito a un niño no nacido en el vientre materno.
Sin embargo, todavía se producen más de un millón de abortos cada año en nuestro país – la mayoría de ellos mediante métodos químicos y no quirúrgicos. En el 2024, se produjeron aproximadamente entre 1.1 y 1.4 millones de abortos en Estados Unidos, lo que supone un ligero aumento en comparación con el 2023, impulsado en parte por los servicios de telesalud. El Instituto Guttmacher, la división de investigación de Planned Parenthood, registró algo menos de 100,000 abortos químicos al mes en sus instalaciones. Según Guttmacher, en el 2023 los abortos con medicamentos o “abortos químicos” representaron el 63% de todos los abortos realizados en Estados Unidos.
En mi propio estado de Nebraska, el 5 de noviembre de 2024 aprobamos la iniciativa electoral “Iniciativa de Nebraska para la Protección de las Mujeres y los Niños”, que enmienda la Constitución de Nebraska para prohibir los abortos electivos en el segundo y tercer trimestre. Al mismo tiempo, también rechazamos una propuesta electoral que habría permitido los abortos hasta el noveno mes.
Sin importar lo que suceda en el ámbito político, nosotros como católicos siempre debemos estar presentes para servir amorosamente a las mujeres y ayudarlas a darle la bienvenida a una nueva vida. Una manera en la que la Iglesia hace esto es a través de “Walking with Moms in Need” (Caminando con las Madres Necesitadas), donde las parroquias católicas de todo el país están redoblando sus esfuerzos para brindar aún más servicios, apoyo y acompañamiento a las madres vulnerables embarazadas y con hijos.
Y la Iglesia no abandona a quienes han optado por el aborto. Como pastores, somos testigos directos de las heridas que sufren las mujeres y los hombres después de poner fin a la vida de su hijo. Queremos atender sus necesidades espirituales y emocionales para que puedan encontrar misericordia, libertad y sanación en Cristo. El ministerio del Proyecto Raquel ofrece apoyo confidencial y compasivo a las mujeres y a los hombres que han participado en un aborto. Cualquier persona interesada puede visitar Hopeafterabortion.org para obtener más información.
Mientras seguimos trabajando para cambiar las leyes con el fin de que los bebés permanezcan seguros en el vientre de sus madres y las mujeres reciban cuidado y protección en momentos de crisis y necesidad, debemos redoblar nuestros esfuerzos para seguir construyendo, en las palabras de San Juan Pablo II, “una cultura de la vida y una civilización del amor”. Debemos seguir rezando y trabajando para cambiar los corazones. Como se ha dicho a menudo, al final, “la medida de una sociedad es cómo trata a sus miembros más débiles”.
Solo Dios puede cambiar los corazones, pero sabemos que Dios escucha y responde las oraciones de Su pueblo.
En el evangelio de hoy según San Mateo, Jesús, señalando a un niño, dice a sus discípulos: “Quien reciba a un niño como este en mi nombre, a mí me recibe”.
Queridos jóvenes, ustedes son la generación pro-vida. Les he dicho a los jóvenes de mi diócesis, jóvenes de su generación, que creo firmemente que dentro de 50 años, cuando mi generación haya ya partido hacia Dios, sus nietos les preguntarán: “¿Es cierto que cuando tenían mi edad mataban a los niños en el vientre materno?”
Nuestro objetivo no es solo hacer que el aborto sea ilegal. ¡Nuestro objetivo es hacer que el aborto sea impensable!