La historia del padre George Zabelka, el capellán militar que bendijo a la tripulación del avión Enola Gay antes del bombardeo de Hiroshima y que pasó el resto de su vida luchando públicamente con ello, es una historia que descubrí hace poco.

El padre George Zabelka era capellán católico de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos y ejerció como sacerdote para los pilotos que lanzaron las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. En agosto de 1945, lo llamaron para que bendijera a la tripulación del Enola Gay, el avión que lanzó la primera bomba atómica sobre Hiroshima, para pedir por su protección. Era algo que había hecho cientos, si no miles, de veces. De hecho, se pide a los sacerdotes que den bendiciones por todo tipo de motivos. Bendecir a la gente es uno de los dones que los sacerdotes tenemos el privilegio de realizar.

Apenas unos días después, el padre Zabelka escuchó a un piloto que había volado en una misión de exploración a baja altura sobre la ciudad de Nagasaki poco después de la detonación de la bomba “Fat Man”. El hombre describió cómo miles de cuerpos quemados y deformados se retorcían en el suelo en sus últimos momentos de vida, mientras que los que aún se mantenían en pie deambulaban sin rumbo, en estado de shock, con la carne chamuscada, derretida y desprendiéndose. La descripción del tripulante provocó un grito ahogado desde lo más profundo del alma de Zabelka: “Dios mío, ¿qué hemos hecho?”.

A lo largo de los siguientes 20 años, el padre Zabelka fue llegando poco a poco a la conclusión de que se había equivocado terriblemente, de que había negado los fundamentos mismos de su fe al dar apoyo moral y religioso al bombardeo de Hiroshima y Nagasaki.

El peso moral de la guerra recae sobre los seres humanos precisamente porque son ellos quien tienen la responsabilidad moral, y así debe ser. Leer sobre un hermano sacerdote que luchó con su conciencia y finalmente tuvo el valor de alzar la voz contra las acciones de su país fue un momento de gracia profética y rectitud moral.

Como obispo de la Iglesia Católica y orgulloso hijo de un veterano de la Segunda Guerra Mundial que sirvió como artillero en un portaaviones en el Pacífico, para mí es importante discernir con cuidado si hoy estamos ante un momento histórico y un momento clave en el que debo expresarme con claridad como representante de la Iglesia Católica. Y aunque a veces es difícil saber si uno está viviendo un momento histórico mientras este se desarrolla, sin duda así lo siento en este momento, especialmente dada la confluencia de dos acontecimientos que, en mi opinión, tienen implicaciones dramáticas y de largo alcance. Y siento una responsabilidad especial de hablar con claridad en nombre de la enseñanza y la visión de la Iglesia en este momento.

El primer acontecimiento es el conflicto militar en Irán. El pasado mes de enero, las mejores fuentes periodísticas indicaban que las fuerzas de seguridad iraníes habían matado recientemente a decenas de miles de manifestantes pacíficos en la mayor revuelta desde la revolución islámica. El 28 de febrero, Israel y Estados Unidos atacaron a Irán con una serie de incursiones aéreas realizadas con aviones, misiles y drones. Aunque Irán ha sido una fuerza realmente terrible en el Medio Oriente durante décadas, patrocinando el terrorismo por medio de terceros que ha matado a mucha gente (incluidos soldados estadounidenses), ¿existía una amenaza clara e inmediata por parte de Irán en febrero, especialmente teniendo en cuenta que el pasado junio Estados Unidos ya había destruido gran parte de la infraestructura militar de Irán? Es tema de debate. ¿Estaban empezando a reconstruir las instalaciones nucleares que bombardeamos el pasado junio? Probablemente. ¿Eran capaces en ese momento de lanzar armas nucleares sobre territorio estadounidense o sobre bases de Estados Unidos en la región? Probablemente no. ¿Tenemos que esperar a que un enemigo esté a punto de atacarnos para poder actuar? Por supuesto que no.

Además, los objetivos del conflicto (desde la perspectiva de Estados Unidos) siguen siendo poco claros y a veces cambian de un día para otro, dependiendo de quién hable con los medios: hemos oído hablar de “rendición incondicional”, “cambio de régimen” y ataques contra los programas nucleares y de misiles balísticos. Como ocurre en muchas situaciones de guerra, el conflicto es dinámico y amenaza involucrar a muchos otros países. De hecho, Estados Unidos ha pedido a sus aliados que nos ayuden a abrir el Estrecho de Ormuz (actualmente bloqueado por las amenazas de Irán de destruir los barcos que lo atraviesen) sobre todo porque está haciendo subir los precios del petróleo y la inflación en todo el mundo.

La segunda situación es el conflicto legal y ético entre Anthropic (creador del popular sistema de IA “Claude”) y el Departamento de Guerra. El ejército de los Estados Unidos ha estado usando a Claude en muchas de sus operaciones, muy probablemente en la extracción del jefe de Estado de Venezuela, pero a Anthropic le preocupa que se utilice a Claude para dos fines que considera poco éticos: (1) armas autónomas dirigidas por IA (que matan sin supervisión humana) y (2) la vigilancia masiva de los estadounidenses (especialmente mediante la desanonimización de datos, como la reidentificación de personas a partir de datos que se suponían que eran anónimos). El Departamento de Guerra intentó modificar el contrato para obligar a Anthropic a permitir esto, y cuando la empresa se negó, intentaron destruirla al designarla como un “riesgo para la cadena de suministro”, la primera designación de este tipo dirigida a una empresa estadounidense.

Al pensar en cómo una visión moral católica abordaría estos dos temas, hagamos un pequeño repaso básico de la “Teoría de la Guerra Justa” y centrémonos especialmente en la enseñanza que encontramos en el Catecismo de la Iglesia Católica.

Nuestra Iglesia no es pacifista por naturaleza y no exige que se renuncie a toda forma de violencia. La Iglesia católica enseña que uno tiene derecho a defenderse de un agresor injusto, incluso a usar la fuerza letal si es necesario. Este derecho a la defensa propia también se aplica a las naciones cuando se enfrentan a una nación agresora injusta, pero la Iglesia mantiene una postura muy cautelosa ante la guerra. El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) 2307 dice: “El quinto mandamiento prohíbe la destrucción intencional de la vida humana. Debido a los males y las injusticias que toda guerra conlleva, debemos hacer todo lo razonablemente posible para evitarla”. Nuestro actual Santo Padre, el Papa León XIV, ha enfatizado esto recientemente y en repetidas ocasiones.

La Iglesia católica tiene una larga tradición en el desarrollo de la Teoría de la Guerra Justa, que viene desde los escritos de San Agustín en el siglo IV y que fue profundizada por Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII. El marco de la guerra justa exige que la guerra sea el último recurso, que la declare una autoridad competente, que tenga una causa justa y que sea proporcional. El término en latín para esto es jus ad bellum, es decir, la justificación o razón para declarar una guerra.

Según el CIC 2309, para que una guerra sea justa deben cumplirse las siguientes condiciones:

(1) El daño infligido por el agresor debe ser duradero, grave y certero.

(2) Todos los demás medios para ponerle fin deben haber sido demostrados como imprácticos o ineficaces.

(3) Debe haber prospectos serios de éxito.

(4) El uso de las armas no debe producir males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar (el principio de proporcionalidad)

Si se toman en serio, estas normas son muy estrictas e imponentes, y reflejan una vez más la profunda oposición católica a la guerra. Siguen existiendo serias preguntas morales sobre varios aspectos del conflicto con Irán, especialmente en cuanto a si realmente fue el último recurso (2) y si tenemos prospectos serios de éxito (3), e incluso si tenemos una idea clara de cómo debería ser ese éxito.

La segunda dimensión de la Teoría Católica de la Guerra Justa se conoce a veces como jus in bello, es decir, la ley que rige la forma en que se lleva a cabo la guerra. Aunque el conflicto en Irán se considere justo desde el punto de vista del jus ad bellum (una cuestión que sigue siendo muy debatida entre los teólogos morales católicos), igual tenemos que asegurarnos de que la guerra en sí misma utilice medios justos. El CIC 2312–2314, nos da dos requisitos fundamentales:

(1) Discriminación: No se debe atacar intencionalmente a los no combatientes ni a la población civil.

(2) Proporcionalidad: El daño causado debe ser proporcional al objetivo militar legítimo.

Es comprensible que el Departamento de Guerra sea muy reservado sobre gran parte de la tecnología que usa para pelear guerras, pero su reacción ante Anthropic sugiere que, al menos, quiere abrirle espacio al uso de armas autónomas, que matan sin que un humano decida directamente si se está atacando a una persona inocente y si la fuerza empleada es proporcional al objetivo militar.

Pero la Iglesia deja claro que esas armas no podrían usarse de forma justa, ni siquiera en una guerra justa, y Anthropic hace bien en oponerse a esto. Como dijo recientemente el teólogo moral católico Charlie Camosy, las acciones letales en la guerra “requieren que sean los seres humanos quienes asuman la responsabilidad moral para que las acciones en una guerra sean justas”. Camosy fue citado en un artículo sobre un grupo de teólogos morales católicos que presentaron un escrito amicus en apoyo a la posición moral de Anthropic en este tema. Escribieron que el uso de armas autónomas dirigidas por IA, por definición, no cumple con las condiciones del jus ad bello requeridas para que los actos de guerra sean moralmente lícitos según el pensamiento católico. La participación humana es crucial, porque las decisiones sobre proporcionalidad y discriminación son prudenciales y requieren juicio humano, no solo la simple comparación de patrones de la IA. Las armas autónomas no tienen conciencia moral. Citan al Vaticano, a los papas y al Consejo de Obispos Católicos de Estados Unidos para respaldar su posición en contra las armas autónomas.

Es bueno ver que los académicos católicos y las instituciones de la Iglesia se pronuncian en este momento, ya que una vez más parece que nos encontramos ante un punto decisivo en la historia. ¿Se verá Estados Unidos una vez más enredado en una terrible guerra en Oriente Medio, una guerra con un objetivo incierto y con opciones no violentas disponibles? ¿Serán libradas esta guerra y las venideras con bandadas de drones y otras armas autónomas que matan sin supervisión moral humana?

Uno podría argumentar desde un punto de vista consecuencialista y utilitarista que, si no tomamos estas medidas, pasarán cosas malas. Irán seguirá apoyando el terrorismo en todo el mundo. China y otros países usarán armas autónomas y nos superarán en el campo de batalla. Pero los católicos no podemos aceptar esos argumentos. Hay ciertos principios que defendemos, sin importar las consecuencias. Punto.

El padre George Zabelka falleció en 1992, pero su mensaje pronunciado en un discurso con motivo del 40º aniversario de los bombardeos de Japón sigue siendo válido hoy en día: “La guerra es ahora, siempre ha sido y siempre será una terrible noticia para la humanidad. Yo estuve allí. Vi la guerra de verdad. Quienes la han visto de verdad darán testimonio de lo que digo. Les aseguro que no viene de Cristo. No es el camino de Cristo”.

Como he dicho recientemente, me uno al Papa León y al arzobispo Paul Coakley, presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, al pedir a los católicos y a todas las personas de buena voluntad que recen por una solución pacífica al conflicto en Irán. Más destrucción solo provocará que más vidas inocentes mueran en el fuego cruzado. Por favor, recen para que aquellos que ocupan puestos de liderazgo puedan encontrar una salida sin más destrucción ni derramamiento de sangre.