Por el Obispo James Conley

El 13 de octubre, tendré la bendición de unirme a miles de personas en la Basílica de San Pedro en la Ciudad del Vaticano para la canonización del Beato John Henry Newman. 

En la canonización de John Henry Newman, la Iglesia reconoce su santidad personal y presenta su vida como digna de imitación. Por lo tanto, es apropiado reflexionar sobre los escritos de Newman sobre la santidad y la vida de oración necesaria para llegar a ser santo. 

La santidad, para Newman, comienza con la humildad — el rechazo del ego, la autopromoción y la autoimportancia. La santidad es obediencia al mandamiento de que ocupemos el último lugar, eligiendo la mortificación y la virtud incluso frente a las pequeñas indignidades e inconvenientes de la vida diaria. 

La santidad le importaba a Newman porque sabía que los actos más sencillos de humildad, caridad y mortificación en nuestras vidas tendrían profundos efectos en la gran batalla mundial por las almas. Newman sabía que nuestra humildad es el arma con la que el Señor combate al enemigo, que anda buscando almas como “un león rugiente.” 

Esta fue la sabiduría del Beato John Henry Newman: que las batallas más significativas y gloriosas en esta vida son las que se libran en la llanura invisible y espiritual codiciada por Satanás y sus secuaces, y ganada por Cristo, sus ángeles y los santos.

Newman vio lo que debemos recordarnos a diario — que las pruebas, los conflictos y las cruces en el mundo temporal son sólo efectos de la batalla espiritual que tiene lugar a nuestro alrededor, pero nunca a nuestra vista. 

Veremos que nuestras vidas son gloriosas si vemos que nuestra humilde pequeñez afecta las realidades espirituales más profundas e invisibles.

La santidad nos permite luchar en la gloriosa batalla invisible contra el mal que termina en la victoria de Cristo en la cruz. 

Newman decía a menudo que “el mundo invisible es más real para mí que el mundo visible, el mundo que puedo ver, tocar y sentir. Porque el mundo visible desaparece constantemente y se desmorona ante mis ojos. Pero el mundo invisible se está expandiendo.”

Newman predicó que “Siempre hay una obra sobrenatural en marcha por la cual todo lo que el hombre piensa que es grande es vencido, y lo que desprecia prevalece... los santos siempre están tomando posesión del reino, y con las armas de los santos. Los poderes invisibles de los cielos, la verdad, la mansedumbre y la rectitud, están siempre entrando en la tierra, siempre derramándose, reuniéndose, congregándose, luchando, triunfando, bajo la guía de Aquel que ``está vivo y estaba muerto, y está vivo para siempre.’’”

Las batallas más importantes de este mundo son las sobrenaturales y ocultas a la vista. Cristo nos llama a lucharlas con Él, y el Espíritu Santo nos equipa para hacerlo con las armas de la humildad, nacidas de la sencillez de las circunstancias cotidianas.

Esta conciencia estaba en el centro de la vida de oración del Beato John Henry Newman. De hecho, convertirse en un “soldado de Jesucristo” fue la idea que impulsó a Newman a la oración.

Newman creía de todo corazón en la eficacia de la oración. Incluso si no podía ver los resultados, Newman estaba seguro de que sus oraciones eran escuchadas. Pensaba a menudo en las palabras de San Pablo que escribía: “La oración eficaz y ferviente del justo vale mucho.”

Pero debe quedar claro que Newman no era un contemplativo, de la manera tradicional de que entendemos ese término. Su vida fue muy activa desde la mañana hasta la noche: se dedicó al trabajo apostólico, a la educación, a la administración y a la vida teológica y apologética. Newman pudo haber sido un místico — pero si fue un místico, fue un místico activo, y su propia vida de oración es instructiva para aquellos que están activos en el trabajo apostólico.

Newman estaba seguro de que el acto de culto litúrgico, celebrado de manera hermosa y reverente, era el componente más formativo de la vida de la Iglesia. La liturgia, de una manera única, tenía la capacidad de imprimir el significado de la fe en el creyente, y configurar a los corazones de acuerdo a el Evangelio. 

La celebración de la sagrada liturgia, bella y reverentemente, nos lleva a una impresión directa del misterio de la redención. Una liturgia hermosa señala hacia lo trascendente y nos orienta hacia las realidades espirituales de este mundo. 

Newman insistió en que cada día también se incluyera un período fijo para la oración privada, especialmente en presencia del Santísimo Sacramento. 

Prescribió especialmente el rosario y otras devociones fijas. Estos, dijo, sirven “para serenar la emoción, para calmarnos, para recordarnos qué somos y dónde estamos, para conducirnos a un temperamento más puro y sereno, y a ese amor profundo e imperturbable por Dios y por el hombre.”

Los períodos diarios de oración privada, para Newman, impartían un “tono y carácter” para todo el día, lo que facilitaba una oración espontánea más regular en pequeños momentos de necesidad, prueba o vanidad. 

La oración privada de Newman se caracterizó, especialmente, por grandes listas de personas por las que intercedía. Sus listas eran largas, y anotaba en cuadernos con qué frecuencia rezaba por los demás. La intercesión era el gran poder de los bautizados, creyó Newman. 

Newman creía que esta intercesión, sobre todo, ponía al creyente en la batalla espiritual que enfrentaban sus hermanos y hermanas. Usarlo sería participar en la propia misión redentora de Cristo. No interceder por los demás sería convertirse en un “servidor indigno.”

Todos somos llamados por Cristo a entrar en batallas espirituales, y se nos han dado las armas de los santos para esta batalla: la humildad y la mortificación; el Santo Sacrificio de la Misa; y el poder de la oración intercesora. 

Oremos unos por otros. Pidamos que nosotros, como Newman, veamos la batalla invisible por las almas. Trabajemos por la salvación de las almas, con las “armas de los santos,” en esa gloriosa batalla, y en la gloriosa victoria, de la muerte de Cristo y de la santa resurrección.