Por el Obispo James Conley

Recientemente viajé a Roma para asistir a la ordenación diaconal de Joseph Wahlmeier en la Basílica de San Pedro. El diácono Wahlmeier, Matthew Schilmoeller y James O’Neil son seminaristas que estudian para la Diócesis de Lincoln en el Colegio Norteamericano de Roma.

Tuve la bendición de estar allí para la ordenación, pero mi viaje no comenzó bien. Llegué a Roma el miércoles 2 de octubre, un día antes de la ordenación, sólo para descubrir que mi equipaje no había llegado. De hecho, mi equipaje no llegó conmigo hasta dos días después.

Estoy agradecido a nuestros seminaristas de Lincoln, que pudieron conseguir suficientes suministros y equipo episcopal para ayudarme a concelebrar la Misa de ordenación al día siguiente.

Hubo gran alegría en la Basílica de San Pedro cuando 34 nuevos diáconos fueron ordenados para servir en la Iglesia Católica. Mons. Robert Deeley, obispo de Portland, Maine, fue el prelado ordenante.

Normalmente, los seminaristas del Colegio Norteamericano son diáconos ordenados en Roma y sacerdotes ordenados en su diócesis natal. Y así, el Diácono Wahlmeier continuará sus estudios en Roma y regresará a Lincoln en mayo para ser ordenado sacerdote. Por favor recuerde mantener a todos nuestros seminaristas en sus oraciones diarias.

También fue una bendición pasar tiempo con la familia Wahlmeier. El clan Wahlmeier estaba allí en gran número: 60 personas, ya que Joseph es uno de 15 hijos.

Me quedé en Roma unos días más porque quería ser testigo de la canonización de uno de mis grandes héroes. El 13 de octubre tuve el privilegio y el honor de concelebrar la Misa de canonización del Cardenal John Henry Newman por el Papa Francisco en la Plaza de San Pedro de Roma.

El Cardenal inglés fue canonizado junto a cuatro mujeres muy santas: Giuseppina Vannini, Mariam Thresia Chiramel Mankidiyan, Dulce Lopes Pontes y Marguerite Bays. Estos cinco nuevos santos señalan al cielo y nos recuerdan que cada uno de nosotros está llamado a la santidad.

El Cardenal Newman ha sido una inspiración para mí desde mis días de estudiante en la Universidad de Kansas. La primera vez que leí muchos de sus escritos fue cuando tenía 19 años y me fueron dados algunos ensayos sobre su idea de lo que es una universidad.

A menudo se comentaba que cuando Newman predicaba a estudiantes universitarios en la Universidad de Oxford, los estudiantes decían que se sentían como si Newman les predicara a ellos individualmente, que él les hablaba directamente a su corazón.

Como mencioné en una columna reciente, cuando Newman se convirtió en cardenal, tomó como lema cor ad cor cor loquitur, “el corazón habla al corazón.” Cuando me nombraron obispo en 2008, elegí este mismo lema en mi deseo de hablar directamente al corazón.

Siempre he tenido la sensación de que Newman le hablaba a mi corazón mientras leía sus obras. Y leer a Newman es leer al hombre. Parece que todos sus escritos están localizados en un momento particular de su vida, así que al leer a Newman, usted sabe dónde está en su viaje de fe.

San John Henry Newman se convirtió a la Iglesia Católica en 1845, a la edad de 44. Él y varios de sus alumnos habían estado estudiando a los Padres de la Iglesia. Buscaban los orígenes apostólicos de la fe cristiana y descubrieron que se encontraban en la religión católica romana. Que todos tengamos un sentido de maravilla en nuestros corazones mientras buscamos conocer la verdad más y más cada día.

En la víspera de la canonización de Newman, me uní a Dr. John Freeh y a los estudiantes del Instituto Newman para el Pensamiento y la Cultura Católica para una tarde con el Padre Ian Ker, profesor de Oxford y biógrafo definitivo de San John Henry Newman. Fue maravilloso ver y escuchar al Padre Ker una vez más, después de que nos conocimos en 1990 en una conferencia de la Escuela de Verano de Newman.

Con todo, fue una alegría estar en la Ciudad Eterna para celebrar la ordenación del diácono Wahlmeier y ser testigo de la canonización de una de las figuras más inspiradoras e instrumentales de mi vida, San John Henry Newman.

 

San John Henry Newman, ruega por nosotros!