Como consecuencia del llamado de nuestro Santo Padre a una Iglesia más sinodal, se ha escrito mucho sobre el reciente artículo del cardenal McElroy en la revista America Magazine criticando a la Iglesia por sus "estructuras y culturas de exclusión." Recomiendo efusivamente las respuestas del arzobispo Joseph Naumann, del obispo Robert Barron y del obispo Thomas Paprocki, y creo que el arzobispo Samuel Aquila resumió bien la respuesta de la Iglesia con la desafiante afirmación de que "la inclusión radical requiere un amor radical."

Desde entonces, el cardenal McElroy ha aclarado algunas de sus ideas y aquí es donde me gustaría unirme a la conversación. El cardenal ha explicado que se le malinterpretó cuando escribió sobre la Comunión para "todos los bautizados" y que sólo se refería a los católicos. Me alienta mucho escuchar su apoyo a esta práctica que ha existido en la Iglesia desde el principio, atestiguada en el siglo II por San Justino Mártir y la Didaché, un manual de instrucciones de la Iglesia primitiva.

Sin embargo, el cardenal sigue afirmando que la Iglesia promueve "culturas de exclusión". En su artículo en America, explica "Las prácticas pastorales que tienen el efecto de excluir a ciertas categorías de personas de la plena participación en la vida de la Iglesia están en contradicción con esta noción fundamental de que todos estamos heridos y todos necesitamos igualmente ser curados". Estoy de acuerdo al 100% en que todos estamos profundamente heridos y en que necesitamos sanación por igual. Todos somos pecadores en proceso de recuperación, y esta es la razón por la que necesitamos desesperadamente un salvador. Pero si estoy leyendo correctamente al cardenal, está diciendo que la plena participación en la vida de la Iglesia, incluida la Eucaristía, parece significar la plena participación sin tener en cuenta la relación de cada uno con la Iglesia.

En mi opinión, ésta nunca ha sido la práctica de la Iglesia católica. Cuando los primeros cristianos pecaban gravemente, a menudo se confesaban públicamente y hacían meses, o incluso años, de penitencia pública antes de ser readmitidos en la plena comunión. Afortunadamente, las exigencias de la penitencia se han suavizado misericordiosamente, pero la verdad de que hay que hacer penitencia permanece porque es señal de un pecador deseoso de conversión, alguien que intenta tener un "firme propósito de enmienda" respecto a sus pecados.

Jesús mismo llamó a los pecadores al arrepentimiento. Comía y bebía con recaudadores de impuestos, sí, y así es como debe ser la inclusión, pero siempre llamaba al pecador a la conversión. Para Jesús, el acompañamiento siempre iba de la mano con una llamada a la conversión. Esto no debería ser discutido. Está ahí para que todos lo vean. 

El cardenal dice que la Iglesia debe centrarse en "una escucha que no busque convencer, sino comprender las experiencias y los valores de los demás." No podría estar más de acuerdo. Siempre intento escuchar mejor, y rezo constantemente por tener un corazón más empático, para poder entender las verdaderas luchas a las que se enfrenta la gente hoy en día al intentar ser buenos católicos. Pero no basta con escuchar. No me malinterpreten. Es una parte enorme del proceso de curación y conversión, quizá la parte más importante del proceso. Escuchamos para acompañar, y en el caso de un pecador, para acompañar a esa persona hacia, y a través de, la conversión. Si creemos en las Escrituras, entonces sabemos lo mucho que se está poniendo en juego.

Sin embargo, a menudo existe la idea de que la fidelidad doctrinal está en tensión o incluso en contradicción con las preocupaciones pastorales. Se piensa que las verdades de la fe no son tan importantes como la acogida sin reservas de todos. Es como si el objetivo de la Iglesia fuera crear un espacio seguro. Esto es erróneo y peligroso. La Iglesia nunca debería contentarse con dejar a una persona en su pecado. Esta es una falsa idea del amor y un perjuicio para el pecador. Estamos llamados a amar al pecador para que pueda vivir a la luz de la verdad, una realidad que libera y salva. Esto es mucho más difícil para la persona que acompaña al pecador que simplemente dejarle permanecer en su pecado, pero es esencial. El verdadero amor exige un cambio de corazón: pregúntale a cualquier esposo o esposa. Un buen cónyuge exige del otro más de lo que daría por sí solo.

El papa Benedicto XVI lo dijo bien: "Sin la verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente" (Caritas in Veritate #3). Y también podemos decir, por otra parte, que la verdad sin caridad es cruel, simplemente un conjunto de frías reglas y normas que hay que seguir.

A veces es difícil mantener este equilibrio, pero Jesús nos muestra cómo. Él amaba al pecador y lo llamaba a la conversión. De hecho, es porque amaba al pecador por lo que lo llamaba a la conversión.

Al final, es la verdad la que nos hace libres; libertad para amar y libertad para vivir en la verdad de nuestra relación con la Santísima Trinidad y la Iglesia. En este sentido, el amor requiere la verdad. Fallar en acompañar a nuestro prójimo a salir del pecado hacia una vida conforme a la verdad no es amar. Es un acompañamiento superficial que tiene consecuencias eternas.

Estoy totalmente de acuerdo con el cardenal McElroy en que la Iglesia debe acompañar a todos. Pero debemos acompañar con amor, para que el pecador se arrepienta y enmiende su vida de un modo que se conforme con la gran dignidad de nuestra identidad como hijos e hijas amados del Padre que estamos llamados a vivir en la verdad de su amor por nosotros. Todo lo que no sea esto no es el acompañamiento de un amor auténtico.