A medida que nos acercamos al final de la primera semana completa de la Cuaresma, espero y rezo para que todos hayan tenido un buen comienzo de esta santa temporada de oración, sacrificio y limosna (generosidad). La liturgia, las devociones cuaresmales y las Sagradas Escrituras nos recuerdan una y otra vez que la Cuaresma es un tiempo de conversión, un tiempo para alejarnos de nuevo del pecado en nuestras vidas y volver resueltamente al Señor que nos ama, que quiere que seamos felices y que quiere darnos un futuro con esperanza. Digo “de nuevo” porque la conversión no ocurre una sola vez en la vida, sino que es una obra continua, año tras año.
Durante las distintas etapas de nuestra vida: la juventud, la adultez temprana, la mediana edad, los años dorados de la vejez, somos llamados constantemente a una conversión más profunda, a una amistad más profunda con Jesús, a una confianza más profunda en la misericordia y el amor de nuestro Padre celestial y a una docilidad más profunda a la acción del Espíritu Santo. La Cuaresma es un tiempo para reorientar nuestras vidas, reiniciar nuestra vida de oración y reavivar nuestro fervor por el Señor.
Hace unas semanas mencioné en estas páginas el hecho de que creo que estamos viviendo un “momento católico” en nuestra Iglesia. Leí con alegría en esa misma edición del Southern Nebraska Register, los testimonios de cuatro estudiantes universitarios y su viaje hacia la Iglesia Católica. Me animó mucho escuchar cómo el programa de OCIA en el Centro Newman de la UNL está a rebosar de estudiantes interesados que quieren explorar la fe católica. Este interés por la Iglesia católica se da en las universidades de todo el país.
Aunque las historias de conversión son interesantes, todos tenemos nuestras propias historias, y deberíamos conocerlas y contarlas. Mientras escribo esta columna, me estoy preparando para compartir mi propia historia de conversión en el programa de EWTN “The Journey Home” (El Viaje a Casa). Los que nos hemos convertido a la Iglesia católica viniendo de otra tradición religiosa, o de ninguna creencia religiosa, tenemos nuestras propias historias que contar. Pero todos estamos juntos en este viaje. La Cuaresma es tiempo para que todos nos preparemos para la renovación de nuestro bautismo, tanto si estamos siendo bautizados por primera vez, o si fuimos bautizados en la infancia. La Cuaresma es un tiempo para reiniciar nuestra vida espiritual.
En el Oficio de Lectura de la Liturgia de las Horas del jueves después del Miércoles de Ceniza, San León Magno, en un sermón de Cuaresma predicado a los cristianos hace más de 16 siglos, resume esta idea de manera hermosa y sucinta. Al hablar del Misterio Pascual de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, llama a toda la Iglesia a regocijarse en el perdón de los pecados durante esta santa temporada. Proclama que la Iglesia se regocija: “en el perdón de los pecados no solo de aquellos que renacen en el santo bautismo (en la Vigilia Pascual), sino también de aquellos que ya se cuentan entre los hijos adoptivos de Dios”. Continúa diciendo que “todos deben, por tanto, esforzarse por garantizar que en el día de la redención nadie se encuentre en los pecados de su vida anterior”.
Como mencioné en mi última columna, es importante que la Iglesia acompañe a los nuevos católicos en las semanas y meses posteriores a su conversión. Si las encuestas son ciertas, es triste que casi el 50% de los católicos que son recibidos en la Iglesia católica la abandonen después de unos años. Por eso es tan importante que los nuevos católicos sean bienvenidos en la comunidad parroquial y acompañados con apoyo y amistades en las semanas, meses y años posteriores a su recepción a la plena comunión.
El domingo 9 de marzo visité la parroquia de los Mártires de Norteamérica en Lincoln y celebré la misa dominical normal de las 11 a.m. Les dije a los feligreses que no estaba allí para hacer una “inspección sorpresa”, sino que solo quería participar en la misa dominical y conocer al mayor número de personas posible. Voy a intentar hacerlo más a menudo durante el Año del Jubileo. Quiero ser testigo directo de las extraordinarias historias de fe que viven las personas de nuestra diócesis.
El Padre Nathan Hall, el párroco, celebró el Rito de Envío para aquellos catecúmenos y candidatos que se preparaban para ser recibidos en plena comunión con la Iglesia Católica. Los volví a ver en la tarde en la Catedral de Cristo Resucitado, donde celebramos el Rito de Elección. La catedral estaba casi llena, y fue por mucho la mayor asistencia que recuerdo para el Rito de Elección. Me acompañaron 15 párrocos y otros sacerdotes que representaban a todas las parroquias a las que asisten estas personas.
Al final del Rito de Elección, media docena de líderes de varios apostolados de la diócesis de Lincoln se acercaron al ambón y compartieron con aquellos que se preparaban para convertirse en católicos algunas de las muchas oportunidades que existen para continuar su formación y participación en la comunidad católica. Estas son excelentes formas de acompañar a estos nuevos católicos y darles la bienvenida a la comunidad católica en general.
La oración final sobre los catecúmenos y los candidatos resume la belleza del rito:
Padre todopoderoso y misericordioso, guía bondadosamente a estos elegidos de la Iglesia y haz que, fieles a la vocación recibida, sean edificados en el reino de tu Hijo y sean sellados con el Espíritu Santo prometido. Mira también a estos candidatos y haz que, fieles a los dones ya recibidos en el Bautismo, se conformen más plenamente a la Muerte y Resurrección de Cristo. Que vive y reina por los siglos de los siglos.
Esa oración no solo se dirige a los catecúmenos y a los candidatos, sino a todos nosotros. Durante esta Cuaresma, podemos lograr esa conversión más profunda, una amistad más profunda con Jesús y una confianza más profunda en Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, si nos centramos y nos conformamos plenamente a la Muerte y Resurrección de Cristo. Jesús nos ha mostrado el camino, ahora depende de nosotros “escribir” nuestras propias historias de fe y compartirlas con el mundo a través de nuestras vidas. La Cuaresma es un buen momento para hacerlo: ¡compartir nuestro camino mientras seguimos el de Jesús hasta el Viernes Santo y el Domingo de Resurrección!