Aún disfrutando de la alegría pascual por la resurrección de Jesucristo, nos despertamos el lunes por la mañana con la triste noticia del fallecimiento de nuestro Santo Padre, el papa Francisco. Aunque yo era consciente de su avanzada edad y de su reciente hospitalización de seis semanas, la noticia no dejó de ser impactante para mí.
Teniendo en cuenta, sobre todo, que el Papa hizo una aparición pública el Domingo de Pascua en la Plaza de San Pedro en el papamóvil, e incluso se reunió brevemente con el vicepresidente JD Vance.
Como obispo, tengo la obligación de reunirme con el Papa al menos una vez cada cinco años para lo que se conoce como visita “ad limina”, que significa “a los umbrales” de las puertas del Vaticano. He tenido el privilegio de reunirme con el papa Francisco personalmente en otras dos ocasiones, una en 2013, poco después de su elección como 265º sucesor de San Pedro, después de una audiencia general ordinaria de miércoles en la plaza de San Pedro, y una segunda vez durante su única visita a los Estados Unidos en el 2015 para el Encuentro Mundial de las Familias en Philadelphia. Fue en esas ocasiones cuando tuve la oportunidad de ver de cerca la humildad, la bondad, la convicción y la alegría del papa Francisco.
En estos días posteriores a su fallecimiento, los expertos dentro y fuera de la Iglesia católica comenzarán a analizar sus decisiones, sus logros y su legado. En los próximos días habrá quienes juzguen sus años como Sumo Pontífice. Habrá mucho tiempo para evaluar y aprender del papado del papa Francisco, pero por ahora les pido que se unan a mí en oración, mientras reflexionamos sobre sus esfuerzos por acercarnos a Cristo.
Su humildad se hizo evidente desde el primer momento en que fue anunciado como el sucesor del papa Benedicto XVI. Eligió el nombre de “Francisco”, en honor a San Francisco de Asís, lo que indicaba la sencillez y la misericordia que caracterizarían sus años en el Vaticano. Exhortó al clero a “oler a oveja”, animándoles a caminar con el pueblo y a buscar a aquellos a quienes la sociedad podría descuidar y que más les necesitaban.
Acoger a aquellos que se encuentran en las periferias de la vida se convertiría en un sello distintivo de la vida del papa Francisco. Animó a la Iglesia a fijar su mirada y sus esfuerzos en atender las necesidades de los pobres, los enfermos, los hambrientos y los olvidados. Nos mostró cómo hacerlo lavando los pies a presos, compartiendo las dificultades de los migrantes, abrazando a los desfigurados y defendiendo la causa de los afectados por la guerra. A veces dijo verdades duras, impulsándonos a mirar a cada persona en los ojos, a ver su dolor y a acogerla en las puertas de nuestra Iglesia.
Su defensa de la vida en todas las etapas de su desarrollo se extendía desde los no nacidos hasta los ancianos y los enfermos terminales. Se pronunció en contra del aborto, condenando la “cultura de lo desechable” que descarta a aquellos que se consideran inconvenientes o que, de alguna manera, no merecen existir. En una ocasión comparó el aborto con “contratar a un sicario” para resolver un problema, y desafió a los países que intentan justificar el asesinato de los no nacidos. Su compasión se extendió a las mujeres que se enfrentaban a embarazos problemáticos, al tiempo que defendía siempre los derechos de los bebés en el vientre.
Sus opiniones sobre la dignidad de toda vida humana incluían una firme oposición a la eutanasia y al suicidio asistido. También era un gran defensor del matrimonio tradicional entre un hombre y una mujer, y de la importancia de la familia, sabiendo que toda la cultura pasa por la familia. Aunque exhortaba a las personas a escuchar con el corazón a quienes luchan con la identidad de género o con la atracción hacia personas del mismo sexo, se opuso sistemáticamente a la ideología de género y a una comprensión distorsionada del matrimonio.
La primera exhortación apostólica del papa Francisco, La alegría del Evangelio, se centró en la evangelización. Incluso durante su etapa como arzobispo de Buenos Aires, mostró su interés por la evangelización, ya que fue uno de los principales artífices del famoso Documento de Aparecida del 2007 sobre el tema del discipulado misionero, relacionando el Evangelio y las enseñanzas de Cristo con los problemas económicos y sociales de América Latina. El papa Francisco nos exhortó constantemente a evangelizar a nuestros vecinos y a convertirnos en discípulos misioneros.
También nos llamó a ser buenos administradores de nuestro medio ambiente, a defender la justicia económica y a trabajar por un mundo que valore la paz por encima de la tragedia de la guerra. Trabajó para combatir la corrupción dentro de la propia Iglesia. Su implementación del Sínodo sobre la Sinodalidad nos instó a escucharnos unos a otros con un espíritu de verdadera colaboración mientras buscamos soluciones y avanzamos como Iglesia.
La misión del papa Francisco era una que debería resonar en todos nosotros: compartir el amor y la alegría de Jesucristo y de nuestra Iglesia católica con el mundo — y eso significa con todos, en todas partes. En los días venideros, recen por él y por su alma, y recen por nuestra Iglesia. Recen para que el Espíritu Santo guíe el discernimiento que tendrá lugar para determinar quién será el 266º sucesor de San Pedro, cuando se elija al próximo discípulo que guiará a la Iglesia católica aquí en la tierra.
Quizás la mejor manera de reconocer las contribuciones espirituales que el Papa Francisco ha hecho a nuestra Iglesia es vivir su misión. Acerquémonos a aquellos que nuestra sociedad excluye. Defendamos la dignidad de la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural. Y llevemos a Jesucristo a todos, comenzando por aquellos que están más cerca de nosotros.
Que Dios lo acoja en sus brazos y que descanse en paz, Papa Francisco.