El domingo pasado, la Iglesia celebró la fiesta de la Exaltación o el Triunfo de la Cruz. La cruz de Jesús siempre ha sido un signo de contradicción para el mundo. La cruz simboliza tanto la muerte como la vida, el sufrimiento y el triunfo, la derrota y la victoria. Los católicos recordamos esa contradicción cada vez que hacemos la señal de la cruz.
En su encíclica de 1995, Evangelium Vitae, San Juan Pablo II hizo sonar la alarma cuando escribió que estamos retrocediendo muy rápidamente hacia una “cultura de la muerte”. La frase se utiliza con frecuencia en los círculos católicos. Pero, ¿qué quería decir Juan Pablo II con eso?
Nuestro difunto Santo Padre escribió que en el corazón de una cultura de muerte se encuentra “el eclipse del sentido de Dios y del hombre, característico del contexto social y cultural dominado por el secularismo”. Una cultura que recurre constantemente a la violencia para resolver los conflictos es una cultura que vive “como si Dios no existiera”, afirmó. Y cuando se pierde el sentido de Dios, también “se tiende a perder el sentido del hombre, de su dignidad y de su vida”.
Cuando una cultura recurre a la violencia para resolver sus problemas, se convierte rápidamente en una cultura de muerte. Décadas de aborto legalizado nos han adormecido ante la verdad de que cada niño es creado, desde sus primeros momentos, con una dignidad y un valor innatos e inviolables. El suicidio asistido por un médico es ahora legal en 11 estados. Cuando una cultura se acostumbra a practicar habitualmente la eutanasia a las personas mayores o a quienes padecen enfermedades terminales, la vida se vuelve barata.
En una cultura de muerte, casi no nos sorprende leer sobre otro tiroteo en una escuela, un brutal apuñalamiento en un tren urbano o el asesinato de un joven que se atrevió a desafiar a otros en la plaza pública por sus creencias. Pero la verdad sobre Dios y la verdad sobre la dignidad de las personas creadas a Su imagen no pueden ser eliminadas ni suprimidas por la bala de un asesino ni por el cuchillo de un sicario.
La verdad no puede ser asesinada. Al final, la verdad vence.
San Juan Pablo II escribió que, en última instancia, una cultura de la muerte aparece cuando una sociedad pierde su sentido de lo sagrado, su sentido de Dios.
Y eso me lleva a Charlie Kirk.
Kirk, asesinado la semana pasada en Utah, estaba convencido de su búsqueda de la verdad. Su objetivo era conocer la verdad sobre la humanidad y vivirla. Su objetivo era utilizar la lógica, el humor y el ingenio para hablar de la verdad, para entablar un diálogo real.
No siempre acertaba. Algunas de sus posturas políticas estaban directamente basadas en el Evangelio, y otras eran solo eso – opiniones políticas, no cuestiones de fe, sobre temas en los que los católicos pueden estar en desacuerdo.
Y la forma en que hablaba de esas opiniones era a menudo convincente, audaz, razonada – pero a veces incendiaria y en ocasiones contraria a las enseñanzas de la Iglesia, como fue el caso de su apoyo a un enfoque retributivo de la pena de muerte.
Kirk hizo enojar a la gente – y, la semana pasada, se encontró con la ira en el corazón de la cultura de la muerte.
Desde su muerte, han llamado mártir a Kirk. Solo la Iglesia puede declarar mártir a alguien, cuando es asesinado por odio a la fe.
Pero la palabra mártir significa testigo, y esa palabra – testigo – describe acertadamente a una persona que murió por sus creencias – sus opiniones religiosas, sus perspectivas políticas, su ejercicio de la libertad de expresión garantizada a todos los estadounidenses.
Charlie Kirk murió como testigo de la importancia de defender con valentía sus convicciones.
Para nosotros, la lección es mantener la valentía de nuestras propias convicciones – y, lo que es más importante, una convicción más importante que la política – la convicción de que Jesucristo es el camino, la verdad y la vida.
La realidad de la cultura de la muerte puede tentarnos a ser tímidos con nuestras convicciones. Nos lleva a evitar conversaciones incómodas o delicadas con personas que sabemos que tienen opiniones contrarias a las nuestras. Pero, si nos dejamos intimidar por el miedo y nos callamos, y no estamos dispuestos a decir la verdad cuando sabemos que encontraremos oposición o desacuerdo, ¿cómo podrá la gente llegar a conocer la verdad eterna, la cual Jesús promete nos hará libres?
¿Cómo se dará marcha atrás a la cultura de la muerte en la que vivimos? “Seréis mis testigos”, promete Cristo a sus apóstoles, “hasta los confines de la tierra”. Esta semana es un llamado a la valentía en esa vocación, sin importar el costo, en la cultura de la muerte.
Cada año, la fiesta de la Exaltación de la Cruz es seguida por la fiesta de Nuestra Señora de los Dolores. La fiesta recuerda a la Santísima Virgen María al pie de la cruz de Jesús después de Su crucifixión.
En ese momento, en lo más profundo de su corazón afligido, se aferró a la fe y la esperanza de la Iglesia. Al final, fue su profunda fe y confianza en el Señor lo que le permitió seguir adelante. Sabía que la cruz no era el final de la historia.
María vivió ese signo de contradicción en su corazón. Que ella infunda esperanza en nuestros corazones para que podamos transformar esta cultura de la muerte en una cultura de la vida y una civilización del amor, una cultura y una civilización que valore cada vida humana en todas sus etapas, que cuide de los vulnerables y acoja el perdón y la reconciliación.