El domingo pasado, en su discurso del Ángelus desde la Plaza de San Pedro, el papa León – después de hacer un ferviente ruego por la paz en el Medio Oriente y otras zonas conflictivas del mundo – nos recordó que debemos preparar nuestros corazones y nuestras mentes para vivir más plenamente los acontecimientos venideros de la Semana Santa. El papa León invitó a todos los creyentes “a revivir los acontecimientos de la Pasión del Señor – la entrada en Jerusalén, la Última Cena, el juicio, la crucifixión, el entierro – para que podamos comprender su significado más auténtico y abrirnos al don de la gracia que contienen”.

Mientras nos preparamos para escuchar la lectura del relato de la Pasión según San Mateo el Domingo de Ramos y según San Juan el Viernes Santo, nuestra atención se centra principalmente en las llagas de Cristo, las heridas sufridas por Jesús durante Su Pasión.

El obispo Erik Varden, de Trondheim, Noruega, predicó el retiro papal a principios de Cuaresma para el papa León y sus colaboradores más cercanos de la Curia Romana. En sus reflexiones sobre la Pasión, extraídas de su libro más reciente titulado “Sanando Heridas”, el obispo Varden señaló que la Cruz de Cristo “es el emblema de la herida mortal del Dios hecho hombre. Es fundamental, literalmente crucial para el kerigma”.

El obispo Varden continúa explicando en el libro que, sin la Cruz de Cristo, todo sufrimiento, todo dolor, toda miseria y angustia humanas pierden su sentido y se vuelven absurdos. La Cruz de Cristo es la clave para dar sentido al drama de la existencia humana.

La primavera pasada escuché una charla en YouTube que el obispo Varden dio a los estudiantes universitarios de la Universidad de Notre Dame. Me han dicho que fue uno de los eventos más impactantes y comentados en la sede de Notre Dame en los últimos tiempos. Recomiendo totalmente escuchar esta conferencia, publicada por el Instituto McGrath para la Vida Eclesiástica. Se titula: “Living with Wounds: The Passion in Theology and in Our Lives” (Vivir con Heridas: la Pasión en la Teología y en Nuestras Vidas).

El obispo Varden comienza con un video de la cantante estadounidense Gracie Abrams, hija del director de cine J.J. Abrams, director de las secuelas de Star Wars, cantando en un concierto en Madrid, España, el febrero del año pasado. La canción que eligió fue “Camden”, una canción que habla de la necesidad de ocultar el propio dolor, de “enterrar la carga hasta que desaparezca de la vista” mientras, por fuera, “sigo las reglas, diciendo que todo está bien, diciendo que todo está bien”, con la esperanza de que alguien “se dé cuenta de cómo estoy intentando”. A lo largo de la canción se repite el estribillo: “Todo mi ser es una herida que cerrar, pero lo dejo todo abierto”.

La canción es, sin duda, una súplica para que se curen unas heridas profundas, pero sin saber a quién acudir, ella simplemente se deja vulnerable y se limita a fingir que está bien, “diciendo que todo está bien, diciendo que todo está bien”.

La palabra para “herida” en latín es vulnus. Es la raíz de la palabra “vulnerabilidad”. Jesús Se hace absolutamente vulnerable ante Poncio Pilato y las autoridades romanas. Deja a un lado Sus poderes divinos y permite que le sean infligidas las heridas de la humanidad. Y no solo las heridas físicas y corporales, sino también las heridas mentales y emocionales, las heridas de la traición, el abuso, la burla, la vergüenza, el miedo, el insulto y el ridículo. Las pone todas al descubierto ante nosotros en la Pasión. Como escribiría San Pedro años más tarde: “Subiendo al madero, Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia: y por sus llagas fuisteis sanados” (1 Pedro 2:24). ¿Podría haber sido esto lo que Gracie Abrams clamaba en su canción cuando canta, “Todo mi ser es una herida que cerrar, pero lo dejo todo abierto”?

Al entrar en la Semana Santa para meditar en oración sobre las llagas de Cristo, unamos nuestro sufrimiento al Suyo. Mostrémonos vulnerables ante Él y no temamos mostrarle nuestras heridas. Dejemos “todo abierto” y permitamos que Él transforme nuestras heridas con Su amor sanador.

Teniendo todo esto en cuenta, escuchemos las palabras de la Hna. Miriam James Heidland, SOLT, extraídas de una conmovedora meditación que impartió recientemente en el programa “Pray40” de Cuaresma de la aplicación Hallow, titulada “El amor es una Persona”:

“No podemos evitar el sufrimiento. Ninguno de nosotros recorre esta vida sin encontrarse con el dolor. Esa es la realidad de la vida fuera del Edén. El quebrantamiento que el pecado ha traído a nuestro mundo. La repercusión de las decisiones tomadas por Adán y Eva, por nuestros padres y por nosotros mismos, incluso hoy en día. A veces sufrimos como inocentes, víctimas de la crueldad de otra persona. O tal vez simplemente por las circunstancias, sin que sea culpa de nadie en absoluto. Esos son quizás los sufrimientos que más nos confunden y más nos duelen.

“Pero Jesucristo no nos abandona en nuestro sufrimiento. No está lejos, no es indiferente, ni permanece en silencio. Su respuesta es Él mismo. Sus brazos abiertos en la cruz. Esto es lo que nos dice: mira estas manos traspasadas por los clavos, mira este cuerpo golpeado y ensangrentado por la crueldad del hombre, agobiado por los pecados del mundo. Y, aun así, estos brazos están abiertos para ti. Este es el misterio y el milagro de nuestra fe.

“Jesús asumió todo nuestro sufrimiento, toda nuestra pena, todo nuestro dolor, y lo ofreció al Padre para redimirnos de nuestro pecado.

“Acércate a la cruz. Imagínate allí, en el Calvario, y mantén en tu mente la imagen de Cristo, quien sufrió por ti. Trae contigo todo lo que llevas: tus preguntas, tu enojo, tu confusión, tus dudas, tu dolor, tu sufrimiento. Deposítalo todo a los pies de Jesús. Amontónalo tan alto como sea necesario. No hay nada demasiado pesado, nada demasiado pequeño, nada demasiado complicado, que no puedas llevar al Señor en este momento.

“Él está aquí, está esperando, lo soportará todo. Cristo puede con todo. No le asusta tu ira, no le asustan tus dudas, no le asusta tu confusión, no le asusta tu dolor, y no se siente abrumado por tus preguntas.

“Y cuando hayas puesto todo a Sus pies, ¿cómo responde Jesús? Mira a Sus ojos. Escúchale decirte: ‘Hijo mío, ven a mí, mira lo que sufro, mira cuánto te amo’.

“Si puedes mantener la mirada fija en Él, deja que tu corazón se llene del amor que Él te tiene y tómate tu tiempo aquí para que tu corazón le hable, tal y como te inspire el corazón.

“Te adoramos, oh Señor, y te bendecimos, porque por Tu santa cruz redimiste al mundo”.